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28 marzo 2009

Sábado sabadete


-"Blancas Bicicletas", un libro de Joe Boyd que se lee de un tirón y trata sobre una serie de cruciales episodios de la historia del pop y del rock en los 60 y 70. Es un placer leer algo tan bien escrito (aunque no tan bien traducido como debería), con ese equilibrio exacto entre rigor y pasión, humor y humildad. Personajes principales: Bob Dylan, Nick Drake, The Incredible String Band...

-Me encanta el álbum de debut de La Bien Querida. Es cierto que en comparación con sus maquetas, la producción suena un poco fría y distante (como si cada canción hubiese sido analizada en demasía para darle un enfoque diferente). Pero aún así, qué letras más bonitas, qué voz más bonita y que disco más bonito.

-Matt Elliott + Mary Hampton en la agenda de conciertos del Metrópoli de El Mundo definidos como "Metal/Rap" (para esto no tengo link directo, pero lo he visto con mis propios ojos).

-Dean and Britta vuelven a Europa en julio, y tocarán canciones de Galaxie 500 y Luna. Por lo visto, habrá fechas en España y Portugal.

-El 20 de mayo The Wave Pictures volverán a actuar en Madrid, esta vez en la sala Nasti y con un repertorio diferente al de su concierto del próximo 25 de abril (Neu! Club): tocarán sobre todo versiones de clásicos ajenos, además de variaciones de sus muchos discos.

25 marzo 2009

Fondo de armario


Suele suceder al final de un viaje y justo antes de regresar al mundo real, es decir, a nuestra cuestión de vida o muerte cotidiana. Mientras hacemos la maleta se juntan en los mismos bolsillos y compartimentos lo viejo y lo nuevo, o mejor dicho, lo nuevo y lo usado. Durante el trayecto y sus sucesivas paradas en pensiones, habitaciones de amigos o conocidos, centros comerciales de provincias y supermercados hemos adquirido objetos que han comenzado a ser parte de nuestras vidas. Esos objetos pugnan ahora por sustituir a los que antes nos vestían, perfumaban o nos daban forma de animal humano. Siempre llega el momento en el que hay que elegir: ¿intentamos meterlo todo, lo de antes y lo de ahora en la bolsa con el riesgo de que nos explote en las manos al subirla al autobús? ¿Hacemos una selección y nos quedamos con lo que más nos convenga? ¿Abandonamos a su suerte la ropa usada, los libros ya leídos, los diarios llenos de promesas a chicas de las que ya ni nos acordamos? ¿Y si dejamos atrás nuestra vieja piel, nuestros viejos deseos, nuestro viejo yo con sus calcetines sucios, sus camisetas sudadas, sus novelas llenas de tachones y subrayados?

La decisión nunca es fácil y se parece a la que se nos presenta en la conciencia cada vez que cumplimos años, o cuando llega el 1 de enero: cargar con el peso del pasado y del futuro en un presente incierto o deshacernos del ayer pensando exclusivamente en el mañana. No pocas veces al llegar a casa nos arrepentimos de estar metiendo en el armario esas chaquetas con las coderas gastadas, los vaqueros con sus dobladillos rotos, los zapatos con muescas y rozaduras. Nos decimos: he aquí el que tiene miedo a cambiar y prefiere acarrear kilos y kilos de sí mismo antes que arriesgarse a perder un poco de peso en su alma de más de treinta años. Pocos placeres mayores que el renovarnos por dentro y por fuera a sabiendas de que no hay otro camino posible. Cuando no hay nada que perder la brisa acaricia tus mejillas mientras corres para encontrarte a ti mismo, una versión menos encorsetada, más sobria, con una sonrisa viva y lengua de carnaval.

Cuando puedes perderlo todo al menos hay que intentar guardarse el recibo que te dan en la casa de empeños cuando dejas allí tu mejor reloj, tu único reloj. Es posible que al regresar no quede nada, pero quién te dice que no hayas intentado vivir los mejores años de tu vida sin las alforjas que te habían convertido en una película que se estrena directamente en televisión, cuando tú querías ser tu propio Oscar, tu propia saga, tu obra maestra que contente a crítica y público por igual. Y quién se atreve a afirmar lo contrario.

Artista del día: Xiu Xiu

14 marzo 2009

Se vende


En la Gran Vía madrileña hay un señor que llama la atención de los transeúntes que tienen tiempo para desviar la mirada del suelo o los escaparates. No es un mendigo cualquiera. En realidad ni siquiera es un mendigo. Tampoco es un limpiabotas, ni vende falsificaciones de marca. Pero ofrece algo que el prójimo ignora necesitar: poemas. “Se venden poemas”, ha dibujado torpemente en una cartulina. Si uno se fija con atención, el poeta callejero no deja de anotar sus pensamientos ni un instante, versos que parecen surgir de una mente hiperactiva, la escritura automática o el puro desvarío. Línea a línea va llenando folios sacados del galeón de “Por cien cañones por banda...”.

Es paradójico que hoy día se ponga a la venta (eso sí, a cambio de “la voluntad”) algo tan etéreo como la poesía. Desde luego yo no tengo clara la correlación de oferta y demanda que en esta lírica lonja. Quizá sus versos sean tan infames como aparentan: burdas rimas de “amor” con “dolor” o de “jamón” con “corazón”, sentimentalismo de garrafón, ripios sacados de un manual de bachillerato. Pero lo que asombra del fenómeno es la fe con la que el buen hombre levanta la vista para comprobar si alguien muestra el más mínimo interés. Me pregunto qué comerá, cómo vivirá, de qué forma pretende morir. Desde luego, nunca he visto que nadie se pare para descifrar todos esos garabatos. Ninguna pareja, ninguna chica guapa con un concepto equivocado del romanticismo, ni una sola señora con traje de una pieza y demasiado tiempo libre. Una vez estuve haciendo como que leía el periódico a unos diez metros, y ni un alma tuvo la curiosidad de saber a cuanto está el kilo de poema.

En una de las viñetas de un reciente New Yorker un padre le decía a su esposa mientras observaban como su hijo hacía equilibrios en un balancín: “por lo visto su amigo imaginario tiene más o menos el mismo tamaño y peso que él”. Para muchos, ese amigo invisible que es la poesía pesa tanto que no saben qué hacer con sus rimas asonantes y sus metáforas carnosas. Hay quien manda sus manuscritos a editoriales ignotas en cartas con acuse de recibo. O a críticos y antólogos junto a una dedicatoria ilegible. O quien guarda sus haikus en una libreta azul deseando en secreto que alguien revuelva sus papeles. Otros tan solo pretenden conseguir un poco de sexo a cambio. Y un poema es su forma de decir “te quiero... por esta noche”.

Y aquí tenemos al poeta más urbano de todos, al verdadero poeta de la experiencia, que cadenciosamente repite “mejor escribir que robar”, y se planta en la Gran Vía con sus sueños rotos y su cara picada.

Artista del día: Insides

09 marzo 2009

Miseria


Suele decirse de alguien muy pudiente que es tan pobre que solo tiene dinero. Pero, lejos de frases tan recurrentes como “le quiero por su interior” o “es tan guapo por dentro como por fuera”, la realidad es tan cruda como el sushi y tan amarga como una de esas almendras que nos llenan la boca de un sabor a mil demonios: sin una cartera medianamente repleta el romanticismo se va a paseo y la bohemia se convierte en un cristal muy caro. ¡Ah, el amor! Recuerdo no poder dormirme por miedo a que X. se asfixiase con el olor de la pintura baratísima con la que habíamos tapado los desconchones de las paredes. Recuerdo las miles de quinielas que rellenamos imaginando que con un premio, por menor que fuese, íbamos a comprar cosas que nos parecían imposibles: un buen pescado, carne de primera, frutas exóticas. Y que volveríamos del mercado en taxi y sin tener que castigarnos la espalda. Recuerdo tener que vender mis discos en tiendas de segunda mano para poder llegar a fin de mes. Y mirar continuamente el contador de la electricidad cada vez que encendíamos la estufa o el calentador de agua. Recuerdo excursiones por tiendas de “Todo a 100 y más”. Recuerdo pasta recalentada, bolsas de te que duraban desayuno y merienda, cortes de luz, duchas de medio minuto, vino de mesa que bebíamos como enólogos consumados. De tanto rebañar los platos quedaban como los chorros del oro. No tirábamos ni las migas del pan. Con un culín de aceite se aliñaba una ensalada tan mixta que solo tenía tomate y ketchup.

Pero también recuerdo un puñado de buenos momentos. Como un viaje juntos a Portugal en el que nos comimos un pollo entero en un restaurante que encontramos en medio de un bosque, por pura casualidad. O nuestros paseos por la playa (por playas muy diferentes de todo el mundo) de la mano, comiendo un helado o cogiendo patatas fritas de un paquete transparente. O los platos de pasta que cocinábamos al volver a casa a las cuatro de la mañana con unas copas de más. Ahora que lo pienso todos esos buenos momentos tienen algo que ver con la comida. El nuestro fue, en gran medida, un amor gastronómico. Éramos felices al cocinar, al comer juntos lo poco o lo mucho que tuviésemos, al cenar fuera o almorzar dentro. Felices con las sopas de puerro y con los calzone, con la tarta de queso o las sardinas asadas, con el pan con aceite y azúcar y la manteca colorá. Desayunando, almorzando o merendando nos mirábamos con ternura, a dos carrillos, con las mejillas encendidas, salivando. Con el paso de los meses, mientras el amor se ponía a régimen nuestro peso aumentaría unos kilos.

Cualquiera que haya vivido una pasión con cierta intensidad sabe que simultáneamente tiene que ir aprendiendo a conformarse con mucho menos. Pero lo que jamás cambió fue la falta de recursos, el paro, el pensar continuamente que había cosas que no nos podíamos permitir, un vodka llamado Kolokoff y el licor de manzana “Aladino”, bocadillos de calamares y los anuncios por palabras. Los ricos no lloran, pero las lágrimas de un veinteañero siempre han valido bien poco. Y ahora, mientras firmo mi primera hipoteca me pregunto donde estará X y donde estará aquel chico que soñaba con billetes de diez mil.

Artista del día: Superchunk

04 marzo 2009

Miedo (carveriana)


Miedo a que esta vida no sea más que la maqueta a escala de una vida próxima. Miedo de la electricidad, de los rayos y los truenos. Miedo de los que dicen “difícil y complicado”. Miedo a convertirme en el personaje de un relato de Carver. Miedo a ahogarme dentro de mi propia piel. Miedo a las llamadas que empiezan “¿A que no sabes quien soy?”. Miedo a que el tiempo se detenga y yo pase de largo. A que alguien me quiera sin ser correspondido. Miedo a no sentir nada al escuchar a Bob Dylan o Leonard Cohen. Miedo a que lo más profundo de mí esté en la superficie. A que un verso compense horas de sufrimiento. Miedo a contarle mi vida a desconocidos. Miedo a sentirme joven en el cuerpo de un anciano. Miedo a poner la otra mejilla. A los apagones en medio de la noche. A acabar durmiendo en el remolque de un coche. Miedo a las prórrogas y a las muertes súbitas. Miedo a convertirme en el mejor amigo de mi novia. Miedo a releer mis diarios de adolescente. Miedo a mis órganos internos. A la sangre que no brota. Miedo al borrador de mis poemas. Miedo a ciertos adjetivos. Miedo a las turbulencias en medio del Atlántico. Miedo a comprar más libros de los que podré leer nunca. Miedo a los estribillos que resumen como me siento. Miedo a que la mentira me haga más libre que la verdad. Miedo a la llave del gas.

Miedo al cielo de Madrid en agosto del 97 o a la luna de Londres, invierno del 93. Miedo a tener que elegir entre un cable rojo y otro azul. Miedo a los coches que se estrellan a lo lejos. Miedo a convertirnos en el horóscopo que estamos leyendo. Miedo a la leche cortada y los besos de despedida. Miedo a los ojos de un perro enterrado en la arena mientras sube la marea. Miedo a los ataúdes blancos. A los hospitales y las discotecas. Miedo a lo que está podrido dentro de mí. Miedo a que los demás puedan verme por dentro. Miedo a que se queden en lo que se ve por fuera. Miedo al insomnio y miedo al irme a dormir. Miedo a que Dios sea al mismo tiempo bueno y malo. Miedos de las avispas y miedo al folio en blanco. Miedo a ser un viejo de 36 años. Miedo a que mis hijos regalen todos mis libros cuando yo no esté. Miedo a que mis padres lloren, o a oírles hacer el amor en la habitación de al lado. A que el pasado y la memoria no sirvan para nada. Miedo a aparecer en los diarios de otro. Miedo a ser estéril y miedo a poder engendrar. Miedo a los tejados y las azoteas. Miedo a las flores artificiales que no lo parecen. Miedo a seguir teniendo miedo. Miedo a la muerte y miedo a ser capaz de matar. Miedo a ser yo. Miedo a que seas yo. Miedo a ser tú.

Artista del día: No Age

01 marzo 2009

Elvis Memphis


Por una casualidad del destino –el haber nacido un 24 de diciembre y no en cualquier otro día- me llamo Jesús y no Elvis; y sobre todo, estoy vivo y puedo escribir estas líneas. Mi madre era y sigue siendo una fan acérrima de Elvis Presley, y estaba decidida a bautizarme haciendo honor al Rey del Rock. Háganse una idea: estamos en Cádiz, 1972. Yo no hubiera sobrevivido a una infancia con ese nombre. Las chanzas, empujones, bromas, collejas y directamente palizas en el colegio hubieran sido constantes. El recreo hubiese sido una tortura. Cada clase, un parte de guerra.

Pero tuve suerte y me llamo como otro famoso mártir, esta vez con barba y un padre carpintero. En todo caso sí heredé una afición muy temprana a las canciones de Elvis. Creo que lo primero que escribí fue una especie de fanzine (en aquellos momentos yo ignoraba lo que eso significaba) en una cartulina roja en la que pegué fotos de mi ídolo y desarrollé una historia-cómic sobre sus últimos días y desenlace final a manos de su pérfido médico (Georges Nichopulos).

Luego, con más conocimiento simplemente me enamoré de discos como “The Complete Sun Sessions”. Tanto, que terminé viajando a Memphis, Tennessee en abril del 2002. Y esto es un breve resumen de lo que allí encontré mientras en mi discman sonaba este CD (primero editado en el 87 y luego reeditado en el 99) en repeat, a todas horas.

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