.

30 abril 2009

El peso de encima


Fue como despertar después de haber dormido durante meses. Meses sin haber visto la televisión ni haber ironizado sobre esas voces difusas que nunca se dirigen a nosotros directamente. Durante ese periodo te habías hecho inútiles preguntas sobre el paso del tiempo, la edad y la muerte. Habías marcado en una pizarra las noches en las que salías o no salías, y la hora a la que volvías pasada la madrugada. Sumabas las calorías ingeridas, el número de cócteles, combinados y licores consumidos, las aspirinas que necesitabas engullir para no sentirte peor a la mañana siguiente. Aun siendo feliz puntualmente siempre tenías en tu cabeza el temor a que ya fuese demasiado tarde para todo, la idea de que dentro de otros treinta y seis años tendrás más de setenta, y habrás inventado innumerables trucos y resortes del alma como para respirar hondo.

Ahora te vale con pensar que Michael Jordan se retiró, en plena forma, a los cuarenta, o que algunos de tus poetas favoritos escribieron sus mejores versos ya en su madurez, o que gracias a una dosis de suerte genética pareces mucho más joven de lo que indica tu carné de identidad. Te vale comprobar que tus copas nunca han estado llenas, sino medio llenas, y que siempre has buscado con la mirada al camarero. Pero... ¿a qué podrás asirte cuando estés a punto de convertirse en un anciano? El caso es que despiertas, tras haber cruzado un túnel oscuro y vacío, y sientes por fin el alivio de quien ha aprendido una lección: las preguntas de cómo, cuándo y dónde morirás no son más imperiosas que las de cómo, cuándo y dónde vivirás.

Uno deja de ser joven cuando las conversaciones ajenas, las que oímos sin querer en un café, en un concierto o en la parada del autobús, parecen desarrollarse en un idioma extranjero que no hace más que subrayar nuestra terrible, granulosa soledad. Y tras titánicas luchas contigo mismo, con las bayonetas del recuerdo pinchando tu espalda, con las bombas de racimo del presente, con la zona cero del futuro; tras –repito- aceptar que cada día una parte de ti ha de irse y otra se quedará colgando en el ropero, tras desechar las mentiras de las drogas o el alcohol... te das cuenta. Suena en tu mente como mil teléfonos en despachos cerrados. Te despiertas y todo ha cambiado. Has cambiado tú y ha cambiado el mundo. Bienvenido a esa época en la que tendrás que salirte con la tuya y cada tendón, cada hueso, hará de ti un hombre distinto a todos los demás hombres: un adulto extraño, feliz e iluminado.

Artista del día: Nick Drake

17 abril 2009

Castigo y penitencia


Hastiado por el fútbol –lo que en mi caso casi siempre significa: hastiado por el mal juego de mi equipo- el otro día andaba cambiando de canal hasta que me topé con un clásico: “Todo en un día”. Quizás os acordéis de esa película. John Hughes, el gurú de los filmes para adolescentes de los 80 y responsable de joyas como “La Chica de Rosa”, “16 velas” o “El Club de los cinco”, dirigió ésta tan peculiar en 1986. En pantalla no aparece Molly Ringwald, musa indie de aquellos años en los que tanto nos gustaban Echo & The Bunnymen o New Order, pero no por ello está carente de interés tanto estético como moral. En la película, Ferris (o sea, Matthew Broderick) decide faltar a clase y tomarse el día libre. Todo el argumento gira en torno a sus continuos intentos por no ser descubierto fuera del instituto, las argucias que inventa para no ser reconocido. Inspirado por el espíritu libertario de la trama – fuera, además, de la dictadura de lo políticamente correcto- decidí hace unos días hacer lo que me diese la gana durante 24 horas.

Para empezar llamé al trabajo y dije que estaba enfermo. Luego me quedé en la cama leyendo libros que se acumulaban bajo la mesilla de noche. Diez, veinte páginas de cada uno. Es posible que nunca los termine, pero al menos sigo avanzando. Acto seguido encendí el ordenador. Pensaba que tantos verbos y adjetivos en mi cabeza iban a ayudarme a comenzar la gran novela que llevo rumiando desde hace años. Pero no, después de unas pocas frases comprendí que solo imaginarme a mí mismo convertido en personaje iba a llevarme un tiempo precioso. Entonces salí a la calle, desayuné en una terraza del centro, pasee por parques y jardines como un funcionario municipal, fui a la filmoteca y a un sex-shop. En un ultramarinos me pareció que una ex novia estaba haciendo la misma cola que yo y tuve que encaminarme a grandes zancadas hasta la sección de vinos. Luego, en el autobús que da toda la vuelta a la ciudad vi perfectamente a un compañero de trabajo esperando en una parada. Me bajé en seguida, justo en medio de un descampado. Y ya cerca de casa casi me topo con el chismoso portero de la oficina. ¡Una conspiración en mi contra!

En fin, que lo que yo había querido que fuese un día para revitalizarme y super-mineralizarme terminó siendo una pesadilla. Mi albedrío había sido mi prisión, y la esquizofrenia se apoderó de mí, la demostración palpable de que mi libertad termina donde comienza… mi propia libertad. Incapaz de ser feliz, me prometí a mi mismo volver a ser parte del engranaje. Para siempre. Para que ni yo mismo pueda desilusionarme por sentirme tan culpable en esta cárcel de 9 a 9 en la que muchos hemos convertido nuestras vidas.

Artista del día: Pylon

14 abril 2009

BARZIN: autopsia de un amor


entrevista publicada en RDL Abril.

Todo cantautor sabe que la verdad está en la ficción, y que al componer debe aspirar a lo universal aún partiendo de lo estrictamente personal. Es una reflexión que no por manida ha perdido su vigencia. Puede pasarse años grabando canciones más o menos experimentales, más o menos dando la razón a los que piensan que aquel que no tiene estilo propio es el que más ejercicios de estilos practica. Pero cuando un artista bien adiestrado en las sombras y penumbras de lo minoritario da con la clave de cómo encauzar su talento y su emoción por medio de un puñado de composiciones que tratan el amor, el desamor, y el miedo es posible que consiga un disco inolvidable. Es el caso del canadiense Barzin y su "Notes to an Absent Lover" (Monotreme, 09), un álbum que concebido en un dormitorio y sin hacer drama de la melancolía, puede escucharse en el coche, en una reunión de amigos, en un picnic o al final de una fiesta, cuando las piernas flaquean y solo nos apetece sonreír de una forma un poco ingenua, como pensando en el futuro.

Hace tiempo que no me imaginaba escuchando un disco dentro de cinco, diez años con las mismas sensaciones de ahora. Esas cosas no pasan a menudo, y es parecido a cuando un poeta menor (lo cual no es despectivo en absoluto) consigue, gracias a su trabajo y perseverancia y a una ráfaga de talento, una obra incontestable e imperecedera… Pienso que todos los músicos anhelan crear un álbum que sea capaz de superar el paso del tiempo. Para ser honesto, he tenido que pasar por un sinfín de contratiempos a la hora de terminarlo. Durante la grabación las cosas fueron cambiando constantemente y tuve que adaptarme a las nuevas situaciones en las que me iba encontrando, tanto en lo personal como en lo musical. Pero al final estoy muy satisfecho del nivel de honestidad que he alcanzado con las letras. Esto era lo más importante para mí, ser certero y preciso con las palabras. Estaba en deuda con la persona sobre la que van la mayoría de los textos, y esta sinceridad ha sido mi forma de saldar cuentas.

En efecto se trata de un álbum sobre enamorarse y desenamorarse. ¿Crees haber ido demasiado lejos a la hora de basar tus canciones en la vida real? Bueno, como te he dicho, todas las canciones van sobre una mujer con la que estuve durante bastante tiempo. Esa relación se terminó y está claro que ella es la protagonista, una especie de fantasma del pasado y del presente. Aunque hay un par de temas que están dirigidos a alguien, un amor, que todavía no he encontrado.

¿Alguna vez alguien se ha quejado al verse reflejado en tus textos o respondido con otra canción sobre ti para vengarse? Todavía no (risas)… Pero el temor siempre está ahí, porque el disco acaba de salir, así que debo esperar y ver que sucede. Igual deberías hacerme la misma pregunta dentro de un año. El rencor es impredecible. Lo que más que preocupaba durante la grabación era cómo escribir desde un punto de vista “neutral”. No quería que los acontecimientos que relato se viesen bajo una luz demasiado oscura. La idea era alejarme del resentimiento y la culpa. Pero también sé que las personas interpretan las canciones de modos muy diferentes. Esa es la belleza y la maldición del arte, así que siempre existe la posibilidad de que quien inevitablemente vaya a darse por aludido no se lo tome tan bien como yo espero.

En tu biografía hay un lapso entre 1995 (año en el que se supone empiezas a componer) y 2003 (cuando por fin se publica el debut de Barzin). ¿Qué sucedió durante esos 8 años? En el 95 yo estaba todavía en la Universidad, intentando aprender literatura. Durante esa época me dedicaba a escribir y a tocar esporádicamente en bares. Pero poco a poco comprobé que le dedicaba más tiempo a mis canciones que a mis cursos, así que tras dos años como estudiante decidí entregarme por completo a la música. Tardé varios años en perfeccionar mi forma de componer y de plantarme ante un público. Entonces conocí a la mujer que tan importante papel ha jugado en mi vida. Es una poeta muy talentosa, así que aprendí mucho de ella. Mi primer álbum se grabó en el 2000, aunque no se publicó hasta el 2003.

Tu música ha sido definida, indistintamente como “monocromática” y “con muchas texturas”. ¿No es algo contradictorio? Puedo entender que alguien piense que las canciones son monocromáticas, porque la mayoría de las personas no están acostumbradas a escuchar un disco con un desarrollo más o menos lineal y uniforme. Pero creo que en los discos hay muchos meandros y afluentes, solo hay que prestar un poco más de atención.

Pero ahora "Notes to an Absent Lover" trasciende todo eso, ¿no crees? Es un disco clásico porque no hace falta estar familiarizado con tu música para que te guste. No es el típico disco de atormentado cantautor indie que no puedes compartir con nadie más si quieres seguir conservando las amistades.
Bueno, cuando decidí enfrentarme a él, me lo imagine como un álbum en solitario, con voz y guitarra, quizás un leve toque de piano y cuerdas aquí y allá. Debido a la temática de las letras consideraba apropiado que la atmósfera fuese íntima y tranquila. Pero una vez en el estudio las canciones se fueron desarrollando y volviéndose cada vez más elaboradas en el plano instrumental. Al principio me preocupé un poco, pero pensé que tenía que dejar que las cosas fluyesen de este modo y me llevasen a otra perspectiva. Son canciones íntimas, pero no del tipo de canciones con la que quieres aislarte a toda costa.

Ahora el reto será componer nuevas canciones ajenas a tus vivencias personales, ¿no? ¡Imposible! De un modo u otro yo siempre estaré ahí, como el poso en una taza de café. Uno no crea desde la nada, aunque en la mayoría de las ocasiones sea menos directo y autobiográfico. Es la eterna línea que separa la realidad y la verdad. Y yo espero seguir siendo alguien que canta cosas verdaderas, aunque no estén basadas en el mundo real.

BARZIN

08 abril 2009

El arte por helarte ( y II)


La vida privada de algunas personas son como los entrenamientos secretos de una selección de fútbol de medio pelo. Suscitan todo el interés del mundo, pero en realidad dentro no pasa absolutamente nada: algunos lanzamientos a puerta vacía, un par de carreras de los suplentes, las regañinas del mister (o sea, nuestro super-yo) y una interminable sesión de vídeo en la que el infierno son los goles de los otros. Cuántas veces nos habrán pillado en un momento de encefalograma plano, pensando en nada o en bien poco y nos han preguntado: “Cariño ¿en qué estás pensando ahora?”. Respuesta: “Uff, no sé, en que… en que te quiero”. Eso ha callado muchas bocas y salvado muchos matrimonios, pero también alimentado la fama de introspectivo y soñador de muchos.

Hace algunos años campaba a sus anchas por la noche madrileña el hijo de un famoso humorista. El buen mozo llevaba siempre una capa de tuno o de vampiro (según el humor de cada cual), y se pintaba una lágrima negra en la mejilla izquierda. Desde luego era la viva imagen de un poeta maldito, de un tipo con una personalidad más atormentada que una cara b de The Cure, un cruce entre Baudelaire, el actor que canta “la oscuridaaaaaaad se cierne sobre mí” y el protagonista de El Cuervo 3. Pero luego bastaban dos minutos de conversación para darse cuenta que lo más profundo de él estaba en la superficie, que apenas sabía la diferencia entre sujeto y predicado (ya no hablemos de conjugar verbos) y que nunca había pasado de las primeras diez páginas de las novelas que llevaba en la mano para que todos viesen lo mucho que leía.

Probablemente sea un ejemplo un tanto extremo, como catalogar de aburrido al fútbol por una Copa de Europa que termina empate a cero, pero sirve para ilustrar el talento que tienen algunos para venderse a sí mismos como un producto precocinado y listo para su consumo. ¿No somos todos un poco como ese personaje? Como el último espécimen de nuestra propia tribu urbana nos ponemos cada mañana el traje que mejor le convenga a nuestra imagen pública y las emociones que queremos demostrar. Cuantas menos mejor, claro está, porque en nuestro mundo está prohibido mostrar debilidad y –en contra de lo que pensábamos en los 90- no existe el hombre nuevo, ni la neo-mujer, ni la vulnerabilidad está de moda. Como aquel príncipe-guerrero chino de hace muchos siglos que era tan guapo que tenía que ponerse una máscara horrenda para entrar en combate (y que le tomasen en serio), nos hemos acostumbrado a no ser nosotros casi nunca para poder serlo a veces. Y así nos va estupendamente.

Artista del día: Wire

07 abril 2009

Ay, qué pesado


La papada, en inglés, se denomina “double chin”. Literalmente, “doble barbilla”. No es una denominación amable, como tampoco lo son buche, sotabarba, barbada o papo. Aparte de ser un apellido griego, el diccionario define dicho apéndice como “abultamiento carnoso anormal que se forma debajo de la barbilla” o “pliegue que forma la piel en el borde inferior del cuello de ciertos animales, como el toro, y se extiende hasta el pecho: la papada de un toro”. Pero yo les diré lo que es: una pesadilla para los que, cuando llega el verano, quieren convertir la grasa en músculo y el vino en agua. Frente al espejo, al bajar la cabeza y acercar el mentón al cuello esa papada parece un monstruoso babero de carne hinchada. De perfil la cosa no parece tan grave, una pajarita sin vuelo, una bufanda de solomillo, un anexo que el tiempo le ha puesto a nuestro rostro, nada más. Desde hace unos días todos los gimnasios de mi ciudad están atestados. A uno, ya más sedentario que nómada, le produce mucho pudor el hecho de entrar en esos templos de culto al cuerpo para perder peso o ponerse en forma. Allí la gente se mira al espejo mientras hace pesas, o mejor, después de hacerlas. Y el espejo les devuelve la mirada.

A veces todos se guiñan el ojo al mismo tiempo, con lo que están medio ciegos y ven medio pecho, un dorsal, media vida, cuarto y mitad de realidad. Cuando posan y hacen posturitas en un gimnasio es como si el alma les estuviese haciendo fotos. En el Juicio Final será una de las cosas que pesen a favor del infierno. El cuerpo nos habla, pero a menudo es como esos gritos que creemos oír y que provienen de otra habitación. Preguntamos y resulta que nadie ha abierto la boca. Sonidos que transitan los pasillos, que rebotan de pared a pared en los entresuelos de nuestra cabeza, el estornudo de un fantasma, que nos inquieta y sobresalta. Pero a veces habla por nosotros cuando decimos “quiero un vientre liso” o “tengo que hacer deporte” o “mil abdominales al día antes de que lleguen las vacaciones”.

Entonces ponemos nuestra mejor sonrisa, despejamos la ecuación del peso ideal, con sus muchas incógnitas y variables, y hacemos propósito de enmienda: no me gusto y nunca voy a gustarme, pero dentro de unas semanas alguien se acercará a mí y me dirá que me encuentra cambiado, que parezco otro, una persona que se ha desecho a sí misma para luego rehacerse. Y con aquella papada bien podría coserse ahora un monedero, o una agenda. La piel auténtica de un animal que ha muerto en el intento de cambiar la naturaleza de las cosas.

Artista del día: Superchunk

02 abril 2009

El arte por helarte (I)


Vuelve uno a casa después de casi dos semanas de gira acompañando a un músico underground norteamericano y lo primero que hace es dormir durante veinte horas seguidas. Poco importa que no se haya tratado de un tour de serie B. Es decir, salvo excepciones –una cama con chinches en Lisboa, las goteras del hostal en Almería- hemos dormido en alojamientos más que dignos y comido lo mejor de la gastronomía local. La vida en la carretera tiene más aristas de lo que desde fuera se detecta con una mirada superficial. Lejos de los tópicos de sexo, drogas y rock ‘n’ roll hay un sinfín de tribulaciones que van minando la salud o excitándola, engrosando o aligerando carteras y hasta convirtiéndote en una persona diferente, con otro ego, mayor o menor, dependiendo del éxito del pre-concierto, el concierto y el post-concierto. Lluvia, peajes, menús, canales codificados en habitaciones de hotel, maletas que pesan como muertos, guitarras de doce cuerdas, estaciones de servicio, polígonos industriales. Cuando llegas a cada ciudad ves siempre la peor parte: pintadas en los muros, chabolas, puentes, vías férreas… la vida en las afueras.

Pasa como con ciertas personas, que hay que adentrarse en ellas para apreciarlas bien. Algunas necesitan una mano de pintura, y otras tienen un centro histórico –su pasado, que no tardan en contarte- que vale la pena visitar. Casi todos los músicos (de pop, rock o alguno de sus sucedáneos y etiquetas) se encuentran, en un momento dado de su carrera con la duda de si dedicarse a ella plenamente o verla como un hobby bien remunerado. La mayoría necesita un trabajo que les espere en casa. Suelen ser empleos precarios y mal pagados con flexibilidad de horarios y calendario, que les permite vivir cuando la inspiración se adormece o deben descansar el hígado y los pulmones. Pero la tentación de vivir de ello (la música) es fuerte y obliga a una mente clara y una salud de hierro: una trayectoria de sustancias peligrosas, alcohol y groupies cada noche es incompatible con pretender llegar a los 40 o a los 40.

Por eso vuelve la moda straight a la escena alternativa useña: es decir, volverse abstemios de todo para poder abrazar esa parte de ti mismo que te gusta, escupiendo los demonios que han llevado a la tumba a tantos artistas desde los años 50. Es una especie de castidad con tonos progresistas que dueños de salas, promotores de conciertos y conductores de furgonetas no entienden. Y por tanto, se ven en la necesidad de compensar. Lo que antes se bebían, fumaban o esnifaban entre cuatro ahora se lo reparten tres (o menos), siempre a la salud de quien se haya auto-excluido de eso que se solía llamar la dolce vita.

De ahí que algunos nos convirtamos en momias al volver a casa mientras otros tienen cuerda y ego para rato.

Artista del día: Lau Nau