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28 enero 2009

Patio de colegio


El delegado, ocupado en cambiar la fecha de un examen o conseguir un descuento en la fotocopiadora del instituto, apenas es consciente de lo que está pasando. No se trata de ninguna revolución post-moderna dentro del universo adolescente. Ni de un nuevo esquema social forjado según las leyes del recreo del 2009. Tampoco alcanza el nivel de oráculo psicológico o del comportamiento humano. Simplemente a X le hacen la vida imposible. En clase se sienta entre los apestados, los pajeros, los retrasados, los feos, los afeminados, los bajitos, los gorditos, los que llevan siempre el mismo chándal, esos con algún rasgo distintivo demasiado distintivo, tics en el alma o en sus párpados, granos, sobresalientes mandíbulas, el pelo rizado como si fuese púbico.

Allí se pasa las horas escribiendo en una libreta, menos 34, menos 22, menos 11, menos 1, refiriéndose a los minutos que faltan para el final de cada asignatura. Si los pasillos o el baño de los chicos son un verdadero infierno, en la clase de gimnasia suda sangre y sopa primigenia. Es el principio y el final de los tiempos. De nada sirve rezarle a Dios o quererse morir. En el potro, el plinto y el balón medicinal forja su destino de las próximas horas, entre motes, insultos, capones y escupitajos. En las duchas, no se quita la camiseta porque se muere de vergüenza y piensa “ojalá me muriese, aunque fuese de vergüenza”, y todos pudieran quedarse al fin contentos y pasar a otra cosa, a otro cuerpo lleno de pequeños defectos vistos en el microscopio de los que son perfectos.

En todos los colegios e institutos de este y muchos otros países hay chicos y chicas que sueñan con no ser los monstruos que sus compañeros quieren que sean. Sueñan con ser más altos, más guapos, más listos, con un notable alto en ciencias y letras, en besos con lengua y en pulsos con la mano izquierda. En sus cuadernos anotan fórmulas para conseguirlo. Cómo lograr que ella, su amor de falda tableada, se ría con sus chistes. Cómo lograr que no le roben el almuerzo. Qué decir para que no le corran a gorrazos cuando sale al patio. El modo de ocultarles a sus padres y profesores que ha pensado seriamente en el suicidio. Para ver si en otro mundo, en otra vida diferente, es por fin él quien tiene la sartén por el mango, y un látigo con el que mantener a raya a matones y deportistas, al guapo de la clase y a la compañera de pupitre que no le dirige la palabra.

Hay un lugar en el purgatorio en el que dejar los apuntes no otorga ninguna inmunidad y simplemente se trata de un gesto amistoso. Como cortar una vena o soltar una cuerda. Como darle nombre a X, ese que ya no está.

Artista del día: Barzin

26 enero 2009

Bienvenidos a The Welcome Wagon


No lejanos a propuestas como The Floorbirds, Roma di Luna o incluso Arborea, The Welcome Wagon cuentan con una serie de alicientes que hacen que uno se acerque con curiosidad a su música, es decir, a su álbum de debut “Welcome to The Welcome Wagon”. Para empezar, vienen apadrinados por Sufjan Stevens, que básicamente ejerce de ingeniero de sonido, productor, diseñador (las notas del disco son de su dedo y tecla), músico (banjo, bajo, guitarras, batería, piano, ukelele, percusiones…), y hasta editor, no en vano este notable disco se publica en el sello que dirige en sus ratos libres, Asthmatic Kitty.

The Welcome Wagon tienen otra particularidad, y es que son marido y mujer y que juntos encabezan la joven congregación religiosa Resurrection Presbyterian Church en Brookyn, Nueva York, lugar en el que cada domingo ofrecen a la comunidad sus anhelos, esperanzas, dudas insondables y, por lo visto, una ingente cantidad de fe y espiritualidad con los pies en el suelo. El reverendo Thomas Vito Aiuto y su esposa Monique han tenido todo el tiempo del mundo (de su mundo) para construir un puñado de canciones tras unos primeros y domésticos pasos en el recopilatorio “To Spirit Back the Mews”, allá por el 2001. Desde entonces y de la mano de Stevens han creado, perfilado, peinado y repeinado melancólicos himnos que casi nunca se alejan de las coordenadas del folk, el country o el góspel (a veces más sencillo, a veces más orquestado) para hablar de las mismas cosas que, pienso, comentarán con sus feligreses. El acabado general del elepé es claramente responsabilidad del autor de “Illinoise”, que ha sabido darle un aire más pop a temas que podrían haber sonado demasiado solemnes incluso para él. Hasta se atreven con sendas versiones de “Half a Person” (The Smiths) y “Jesus” (The Velvet Undergound), dos de los mayores aciertos de “Welcome to The Welcome Wagon”.

Con frases extraídas de la tradición cristiana, estribillos prestados de sermones propios y ajenos, el poeta Vito Aiuto y Monique pasan la mano por las cuestiones que nos afectan a todos (pero sin afectación): el miedo a la muerte, el miedo al amor, el miedo a tener miedo, y todo eso que hace que pasemos las noches en vela preguntándonos si hay algo ahí afuera y también aquí dentro (¿será en el corazón o en la cabeza?). Ellos parecen tener muchas respuestas, o por lo menos no se limitan a sembrar más dudas; para The Welcome Wagon la música es un bálsamo que ayuda a que ellos, sus amigos, y los que escuchamos este disco nos sintamos un poco mejor gracias a la sencillez y la sinceridad de sus estribillos. Que Dios, sea quien sea y esté donde esté, les bendiga.

Escucha a The Welcome Wagon

23 enero 2009

Todas las canciones hablan de mí


La imagen de un chico desesperado a los 17 años. Tan de provincias como el corresponsal en Cuenca del Diario de Teruel. Es su primera visita a Madrid. Mejor dicho, la primera sin andar de mano de sus padres. Ha venido a comprar discos, a conocer chicas, a comprar más discos. Cuando entra en el ascensor del hostal se le ocurre preguntar a qué piso van (ustedes) y “ustedes” responden atónitos “tú no eres de aquí, ¿no?” El hilo musical es una canción de Bob Dylan, "The Times They Are A-Changin’”, que se le queda clavada en la memoria, porque hasta el tercer piso y desde el tercero al sexto todo fue a cámara lenta. La moviola de un tiempo que no reconocía más espacio que un rectángulo patas arriba.

Hace tan sólo un lustro la sola mención a Bob Dylan provocaba comentarios como “¿No es el que cantó hace poco para el Papa con los ojos llenos de lágrimas?”, o “¿No había muerto en Vietnam?” o incluso “La canción protesta ya no mola, tío…”. A uno se le quedaba cara de tonto, respiraba lo más hondo que le era posible y tragaba un cóctel de bilis y saliva. Tampoco era una figura demasiado reivindicada por la prensa musical de campanillas.

También a los 17 me enamoré de María del Carmen. Era un poco más joven que yo y su hermano era rockabilly (aunque yo ya le llamaba rockabully). Cuando éste se enteró de que andábamos besuqueándonos por ahí convocó a sus amigos con tupés como tupperwares y en plena feria local se pasaron dos horas buscándome para darme mi merecido. Yo les miraba desde el cielo, esperando el momento justo para escapar. Me había subido a la noria y todavía me quedaban muchas fichas, y un walkman en el que escuchaba tres canciones: "Subterranean Homesick Blues", “I'll Keep It with Mine” y "Like a Rolling Stone". A tanta distancia aquellos tupés parecían aletas de tiburón rodeando la última víctima de un naufragio.

De algún modo, quizás a propósito y por medio de sus constantes cambios de humor, de estilo, de inspiración y de opiniones, Dylan pertenecía a otra dimensión, como un fantasma al que sólo podemos ver invocándolo con los discos adecuados. No recuerdo cómo ni cuando se produjo el cambio de tendencia. ¿Vieron a la vez varios críticos influyentes una reposición del clásico “Don´t Look Back” alguna noche en la que se sintieron demasiado viejos para seguir de fiesta? ¿O fue el modo desmitificador en el que Howard Sounes nos presenta a Bob en su biografía de Mondadori? Aquí Dylan es retratado como un taimado personaje que tiene tanto de villano (o más) como de genio, alguien que nunca ha dudado en salirse con la suya, cayese quien tuviese que caer, muchas veces él mismo y con todo el equipo.

Ahora tengo 19 años –aprovecho, en este ejercicio de estilo, para recomendar la lectura de “Matadero Cinco” de Kurt Vonnegut- y me acuesto con alguien bastante mayor que yo, alguien que me hizo quemar etapas como garrapatas en un animal de compañía. Estamos en Newcastle, escondidos entre unos arbustos cerca de un centro comercial que los viejos usan para pasear los domingos. Soy más pasivo que agresivo y ella más activa que rapaz, y tras dos largas semanas juntos Dolores me regala un CD de Bob Dylan “para que pienses en mí cuando no estemos juntos”, o sea, en un abrir y cerrar de ojos. De aquel CD recuerdo "I Shall Be Released"y "Santa-Fe".

De ese modo tan poco ortodoxo, Dylan –sin pretenderlo siquiera- comenzó la reconquista de un público que le había dado si no por muerto sí por moribundo. Luego vinieron, claro, sus “Crónicas (volumen 1)”, tan emocionantes como diario de a bordo como por su literatura nítida y trascendente. O el documental “No Direction Home” dirigido por Martin Scorsese para mayor gloria de ambos. Por no hablar del inabarcable libro-objeto-fetiche “El álbum 1956-1966” publicado por Global Rhythm Press, que recoge curiosidades de coleccionista: grabaciones, entrevistas, fotos inéditas, letras manuscritas, flyers promocionales, entradas de conciertos…

Pasamos de puntillas por más de una década y estoy en Córdoba, 11 de julio del 2004. El maestro presenta, según él, “Love and Theft”. Creo que es la primera vez que bailo en un concierto. En mi cabeza había una ensaimada de sensaciones: el final de una relación, más cerca que lejos. La tristeza de constatar que no iba a poder hacer nada para evitarlo. La seguridad de saber que iba a arrepentirme, que se trataba de un terrible error que estaba abocado a cometer. Casi podía imaginarme dando puñetazos contra la pared del salón, portazo tras portazo en un laberinto de cincuenta metros cuadrados, jurando en voz alta que yo iba a cambiar, que ella se merecía que cambiase. En el PC hay un disco que se llama “The Bootleg Series Volumes 1-3 (Rare & Unreleased) 1961-1991”. El segundo CD suena en repeat. Resuena, digamos.


Recuerdo ahora cómo me atrapó Dylan. Comencé poco a poco, como un agnóstico que se siente fascinado por el Antiguo Testamento, y palabra a palabra, canción a canción me convertí primero en creyente y luego en aspirante a apóstol. Con él me sucede que ni siquiera me molesta cuando alguien le critica abiertamente o me intenta convencer de que está acabado. Es entonces cuando busco en mi colección algún disco, como “Desire”, o quizás “Biograph” y comprendo que, en realidad, él y yo no hemos hecho más que empezar.

“The Bootleg Series Volumes 1-3 ”, por tanto, ha sido para de mí desde mi adolescencia y sin que me diese apenas cuenta, uno de mis discos favoritos. Cuando por fin me lo compré –sí, me lo compré- entendí muchas cosas, demasiadas. "She's Your Lover Now", descarte de “Blonde on Blonde” me pone triste y alegre al mismo tiempo. Temas como “Seven Days” seguirán siempre conmigo pase lo que pase y pese a quien pese, y cuando hace más o menos dos años entré en casa de una chica de la que creí iba a enamorarme y vi, apoyada sobre una silla en su dormitorio, la caja de vinilos de “The Bootleg Series Volumes 1-3 ” exclamé:

-¡Dylan! ¡Dios!

Y ella respondió:

-¡Sinónimos!

Y entonces supe que lo nuestro iba a durar hasta que la muerte nos separase. Y nos separó, que conste. Porque yo, como la abuela de todas las excusas con todos los jefes, profesores o compromisos del mundo, me he muerto varias veces ya
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*tomo prestado el título de esta columna de un estupendo guión, todavía inédito, de Jonás Trueba y Daniel Gascón.

21 enero 2009

Barbas


Más por dejadez que por conciencia fashion desde hace unas semanas he decidido no afeitarme. Y mientras siempre ha sorprendido mi escaso vello en brazos y pecho (cualquiera de mis novias ha superado mi capacidad capilar), resulta que alrededor de la boca ha crecido una tupida mata de pelo que podría ser casi un pasaporte a La Meca. Es curioso como ha cambiado mi vida desde entonces. En los viajes en avión he notado como la seguridad se iba estrechando cada vez más. Las miradas de la la policía me daban por altamente sospechoso. La seguridad privada se frotaba las manos y luego se ponía los guantes. Los registros han sido al detalle. Mi equipaje era abierto en canal. Las preguntas se sucedían. ¡Y todo por la barba!

Cierto es que ha crecido mal, con formas talibanes, carne de cañón de cualquier iluminado. Pero también es verdad que cada vez que he pensado en volver a ser el que era y mutilarla frente al espejo, alguien ha sugerido que me quedaba bastante bien. Hasta se ha llegado a decir que así puedo comer más porque la papada seguiría oculta. O que a cierta edad un hombre tiene que llevar barba para ser más respetable. Incluso que de esta guisa uno tiene más aspecto de escritor, aunque lo único que haga sea leer compulsivamente. Mi vida social también se ha visto afectada. No solo me llaman “señor” más a menudo –en la frutería, en la cola del autobús, al pedirme la hora…-, sino que comprendoque ya no pertenezco a muchos lugares que frecuentaba hasta hace unas semanas. ¡Me siento viejo en los sitios donde mi primera frase suele ser “ponme lo de siempre”! Pues bien, “lo de siempre” parece ahora un mortífero licor célebre durante las guerras púnicas.

Qué incomodidad en la barra o junto a la pista de baile. Qué desazón al dar con un amigo o conocido que no te reconoce a la primera. “¡Es que con esa barba…!”, exclaman certificando que ahora eres otra persona, un adulto hecho a sí mismo gracias a estar permanentemente modelando su propio rostro sobre la base de cómo se imagina en un futuro no muy lejano. Ahora todo depende de mí. He perdido el control y me inclino por comprobar hasta donde puedo llegar, si en breve me pareceré a Paul Verlaine o a Will Oldham o a Kart Marx. Me encuentro en un carrusel estético donde la transformación es permanente. Espero recobrar la cordura lo antes posible y volver a desnudar mi cara antes de que sea demasiado tarde. Y no solo no me reconozca, sino que mi imagen en el espejo, conservando la barba, se ría de mí y salga corriendo.

Artista del día: Iron and Wine

18 enero 2009

Urgencias



Es innegable que somos muchos los que vivimos pensando constantemente en el futuro, anticipando el tiempo, dándole al fast-forward con los dedos y hasta con las palmas de las manos. No, no es que queramos llegar antes que nadie a un universo cercano a Galáctica o Star Trek: Enterprise. Ni siquiera aspiramos a conquistar el mañana que se nos pinta en clásicos como Blade Runner, o a ser los primeros en adoptar las modas de vanguardia en el vestir o el comer, el cine o la música. Y si nos gusta la ciencia ficción es más como fantasía que como aterradora y amenazante realidad. En fin, nada de eso. La novela de anticipación en la que hemos convertido nuestras vidas consiste en experimentar una angustia extrema ante del final de mes, del próximo mes.

Todavía me cuesta acostumbrarme a estar siempre pensando en los pagos que tendré que afrontar en abril, mayo o septiembre, y en los ingresos que irán llegando en abril, mayo o… septiembre. Uno intenta que pasen los días y las semanas a toda velocidad para poder cobrar aquello que le deben por un artículo, o un libro, o cualquier trabajo más o menos digno. Y de esa manera poder llenar los agujeros permanentes de las tarjetas de crédito o de débito, los intereses de los excesos navideños o las cuentas pendientes con el casero, el banco, los amigos demasiado amigos.

Es un cash flow que nos hace mayores y nos avejenta al alma, pero también la única salida para no sentirse, frente al espejo, como el cobrador del frac de uno mismo. Cumplimos trimestres, no años. El lema de vive deprisa y ten un cadáver bonito aquí tiene un contenido económico, sin nada que ver con el romanticismo –falso o no, eso está por decidir- heredado de James Dean o Kurt Cobain. Ahora es vive deprisa, porque solo así llegarás a fin de mes, a la cuesta de enero, a la edad adulta; solo así cuadrarán los números, las cifras y letras que revolotean en tu cabeza, con paciencia y un poco de creatividad contable.

Y así pasa el tiempo y el tiempo nos succiona el alma, pensando: ojalá llegue el 15 de abril (que es cuando nos hacen aquella transferencia por la traducción de unos poemas), ojalá fuera 30 de mayo (fecha en la que recibimos una módica cantidad por derechos de autor), ojalá pase el verano ahora, mañana, ya. Y es entonces cuando en nuestras venas y arterias ya corre sangre del 15 de abril, del 30 de mayo, del 1 de octubre, toda mezclada y envenenada, grumos y coágulos de aquel que quisimos ser y solo somos en forma de constante fluir, de riachuelo que desafía las leyes del tiempo y el espacio mientras se llena de latas, condones usados y residuos tóxicos.

Artista del día: Japancakes

15 enero 2009

Memoria bilis


Cuando eres joven nunca te sientes tan bien como crees que tienes derecho a sentirte. Buscas aquí y allá para encontrar algo que agarre del cuello a la felicidad y la mantenga a tu lado, pero sin ataduras. Cuando pienso en mi vida de hace quince, veinte años, recuerdo a un adolescente que no tenía las cosas muy claras y que iba tomando decisiones armado de poca paciencia y mucha improvisación. Las escenas de bar, de cama, de patio de instituto, de etílicas fiestas y resacas agarrado a una almohada, se mezclan en mi cabeza como si fueran las de una película que no recordamos si nos gustó o no, pero que es importante por algo.

Dice la periodista norteamericana Ann Marlowe en su libro “Cómo detener el tiempo” (Anagrama, 02), que lo bueno del pasado es que ya no va a convertirse en pasado porque “lo peor que le puede ocurrir al pasado ya le ha ocurrido y no sugiere tanto la muerte como el presente”. De modo que volverte hacia el pasado tiene sentido, aunque sepas que nunca vas a alcanzarlo. Y encima, al intentar recomponer el rompecabezas de la memoria lo primero que te ocurre es que cuanta más perspectiva ganas más pierdes pie. Agitas la coctelera de sabores, imágenes y sonidos y lo que sale se parece poco a ti, o asemeja esos rostros monstruosos que podemos crear al unir la nariz de una guapa cantante, la frente de una modelo atractiva y los pómulos y labios de nuestra actriz porno favorita.

¿Por qué aquel chico greñudo decidió no salir aquella noche de 1990, dejando que su mejor amigo ligara con la chica que más le gustaba? ¿Qué motivos le movieron a intentar besar a la persona equivocada en una feria de 1988? ¿Por qué dejo el baloncesto apenas comenzaron los primeros dolores en las rodillas en 1987? ¿Qué le hizo decidirse por una universidad y no por otra? ¿Y si en vez de escuchar un disco de Leonard Cohen aquel verano en 1989 hubiese puesto uno de Madonna? ¿Habría cambiado su visión del mundo? ¿Y su ceguera ante ese mismo mundo?

Por entonces la única cualidad que poseía era la juventud, y todo lo demás (la bondad y la maldad, la furia y la modestia, la falta de carácter y los arrebatos de violencia) estaban en estado embrionario. Me asusta pensar en el cómo, el por qué de ciertas decisiones, ciertos guiños del destino forzados por el azar o la necesidad. En realidad, lo que nos gustaría a todos es que nuestro yo de hace dos, tres décadas nos hiciese una visita y se sintiese orgulloso. Y conseguirlo es el origen de esfuerzos sobrehumanos por convertirnos en una persona hecha y derecha, y no desecha y torcida. Me atrevo a decir que la mayoría estamos al cincuenta por ciento. Y que el otro cincuenta ya no depende de nosotros.

Artista del día: New Order

13 enero 2009

Elle Belga (pronunciado "El Belga")


"Una canción sobre la manera en que el amor necesita su propio espacio, con una visión distinta sobre la infidelidad y su efecto y reacción, y sobre como esos “besos clandestinos” ayudan a una pareja a despertar: no podría haber otra persona. Nunca". (Playground Mag)

La primera canción de Elle Belga

Pronto, mucho más y con mayor detalle, pero es que "Todas las cosas" me parece una tarjeta de presentación impecable, y el mejor retorno posible de Jose Luis Aguado (cantante, guitarrista y compositor de Manta Ray y Viva las Vegas) a la actualidad musical. Y sobre todo, a la emoción pura.

10 enero 2009

Ni voz ni botox


Todos los que estamos más cerca de la cuarentena que de la veintena, que hemos sido Reyes y ahora solo podemos ser Padres sabemos que aún así (a pesar de la sensación de estar perdiendo pie, de que las nuevas modas se nos escapan con la fluidez de una pantalla táctil), la juventud tiene una fecha de caducidad cada vez más difusa, como una cifra borrosa en la tapa de un yogur. Hay quien dice que, por otra parte, si no lo abrimos y lo seguimos manteniendo bien dentro del frigorífico no pierde ninguna de sus propiedades y es perfectamente comestible mucho después de lo aconsejado.

Si uno ha rechazado sacarse el carné de conducir, casarse, ir a las despedidas de soltero de sus ex-mejores amigos, ponerse corbata o enterrar sus zapatillas de deporte en el fondo del armario, ya le ha ganado varios meses al calendario. Y si encima se dedica a cosas como la literatura (donde te darán trato de escritor joven hasta que seas: a) un perdedor sin talento, b) un amargado juntaletras de provincias con libros financiados por la Caja de Ahorros local o c) un escritor viejo), la música, la pintura, el cine de autor o el comic, pues eso que vamos adelantando. En el fondo, todo trabajo que suponga cierta creatividad y un horario flexible tendría que ser bueno para la salud, ¿no?

Si envejecer supone tener primero el color de la pantalla en las series de Telecinco (moderno, americano, brillante), luego el de Antena3 (más apagado, europeo, anodino) y finalmente –justo antes de la extremaunción- el de los modernos sainetes de La Primera (rancio, español, plano), entonces los treintañeros todavía albergamos la posibilidad de ajustar la imagen para que el resultado sea cercano al cinemascope. Aunque por dentro, en ese pozo negro llamado alma, se estén rodando constantemente unas películas que son mezcla de “Los albóndigas en remojo” y “El séptimo sello”.

Ya no vamos a fiestas en las que una mirada lo electrifique todo. Ya no te obedecen las palabras como si surgieran directamente de las uñas. Ya no piensas “podría amarte si volviera a aquel momento en el que comencé a odiarte”. Ni siquiera das saltitos o agitas la cabeza cuando escuchas un disco que te gusta. Los años han pasado como un engranaje perfecto, pero a veces sale del horno de la memoria un humo negro que hace que el mundo adulto huela a chamusquina. Y te ves al cerrar los ojos, y también al abrirlos, leyendo hacia atrás como en un espejo.

Artista del día: Band of Horses

08 enero 2009

Romanticismo


No por frustrante resulta menos divertida. La escena podría explicarse así: una pareja de novios o una pareja a secas con edad de copular, sale del cine. De una de esas películas, digamos, “de besos”. Él se sentó en la butaca a regañadientes. Durante la proyección soltó algunos bufidos. Y al terminar la sesión suspira aliviado. Dentro de unos minutos discutirán, y la disputa llegará a su clímax cuando ella le diga que si no le ha gustado la película es que no es nada romántico. Poco importa que le haya dedicado algún poema copiado de Neruda o Vallejo. O que le haya grabado una cinta con canciones especialmente significativas para él, con títulos que tocan las teclas adecuadas y preciosos estribillos agridulces. Si no le ha gustado la comedia romántica de la temporada es que no merece sus besos. Y por supuesto, de momento no va a poder mostrarle un cariño verdadero de cintura para abajo. Hay que llorar hasta con “El último mohicano”, con una de Richard Gere o de Sandra Bullock. O al menos, hacer como que te emocionas, poniendo cara de haberte comido una almendra amarga. Tuve una novia que hasta me reprochó el haber bostezado mientras veíamos uno de los peores filmes de la historia: “Cocktail”.

El romanticismo se ha devaluado tanto que ya no hay que escribir sonetos, visitar cementerios o vestir a lo Lord Byron. Ahora tienes que perder la memoria cada vez que anuncian un nuevo estreno sobre una pareja que comienza queriéndose, luego se odia y finalmente se ama hasta la eternidad. Decía Nabokov que quienes denuncian lo sentimental desconocen, por lo general, ese sentimiento. No sé si puede decirse lo mismo de esa vertiente “populista” de toda una tendencia artística y literaria, tan llena de aristas, lírica y épica. El caso es que cuando era adolescente yo sentía una gran aflicción por no poder sintonizar fácilmente con las sensaciones de mis eventuales novias. Me angustiaba vivir en un mundo paralelo en el que lo que a mí me conmovía (ciertas canciones, ciertos libros, la destreza escénica que el sexo alienta...) no las conmovía a ellas y al revés. Aquello dolía tanto como la ausencia de Dios o los exámenes de septiembre. Ahora echo de menos cuando tenía razones para estar triste. Bien pensado, echar eso de menos es también estar triste, al igual que esos robots que sufren por no poder ser más humanos, ignorando que el hecho de querer serlo y sufrir por ello es lo que les acerca a los seres de carne y hueso. Y lo que me gustaría, al cumplir 36 años es que algo me diese la vuelta como un reloj de arena, y volver a ser aquel joven que se hacía el muerto tantas veces estando siempre tan vivo.

Artista del día: Tindersticks

07 enero 2009

ERIC CHENAUX: Sloppy Ground


Llegas en tren a una ciudad, digamos que Madrid. Los aledaños de una estación suelen ser como la primera impresión de una persona que te gusta pero a la que conoces en un tanatorio. Grafitti de la peor calaña, el extra-extra-radio sin voz ni voto, cercanías con gente apretujada que se aleja, torres de electricidad, estrategias de supervivencia, pasos a nivel. Mi primera impresión de Eric Chenaux fue como la del vestíbulo de la Paddington Station en Londres: amable, educado durante unos minutos, caótico y confuso durante las horas punta. En el pasado festival Tanned Tin pasé junto a él horas frente a un ordenador ayudándole a comprar diversos billetes de autobús, avión y –sí- tren con destinos tan dispares como Gijón, París o Barcelona. Eric tiene la doble ciudadanía suizo-canadiense, y una tarjeta de crédito con los números casi indistinguibles. ¡Decía que la había utilizado para abrir muchas puertas y entrar en muchas casas por sorpresa! No en vano toca en bandas como The Reveries, The Guayaveras, Drumheller, Nightjars, The Allison Cameron Band y The Draperies. En Castellón, Eric parecía el guiri más atribulado del mundo, siempre necesitando asistencia, consejo, psicólogo y relaciones públicas, pero cuando se le conocía un poco más, resultaba ser un encanto de persona y, claro, de artista.

Sloppy Ground” también juega, cómo no, al equívoco. Un disco de pop, de folk, de rock a ratos, de improvisación, casi siempre basado en su voz narcótica, imaginativos arreglos de guitarra, solos, desarrollos e interludios. Baladas hawaianas, country cantado como un crooner en Las Vegas, preciosos apuntes de una precisión envidiable. Este trabajo remite a Derek Bailey y a Neil Young, a Gavin Bryars y a King Cobb Steelie, y nos va llevando por diferentes estaciones, desde el invierno hasta el siguiente otoño, sin prisa y sin pausa, a la velocidad justa y sin ruido de fondo.

05 enero 2009

Y unos me llaman chaval y otros me dicen "caballero".



No falla. Estoy en una tienda de ropa, de zapatos o de prendas deportivas. Tras unos segundos echándole un vistazo a estanterías y perchas, y justo cuando casi logro reunir la fuerza necesaria para comprar algo, se me aproxima un post-adolescente que, sonrisa en boca, pregunta si necesito consejo. Opción dos: “¿puedo ayudar en algo al señor?” La sonrisa aquí es más estúpida e impersonal si cabe. Exultante e insultante. El trajeado mancebo es mucho, muchísimo más joven que yo y me llama de “usted”, mientras calibra mi perfil de consumidor, de persona que quiere cambiar de look sin que se note demasiado. Como soy de raza masculina, dan por hecho que no tengo ni idea de ropa, y que necesito que me asesoren. Pero antes de que todo eso suceda, y ante el primer acercamiento gestual, ya estoy en la calle, con mis billetes en el bolsillo y mi viejo jersey de leproso social. He aprendido a no darle una oportunidad a la paz interior del capitalismo. A esa cara amable que busca la tarjeta de crédito y a veces tiene que conformarse con la de débito.

Creo que no soy el único que tiene alergia a hablar con desconocidos, por muy desconocidos que sean. En más de una ocasión he ido en taxi –tras el saludo de rigor y unas mínimas indicaciones sobre mi destino- escuchando mi iPod, y tan solo después de recorrer un largo trecho me doy cuenta de que el taxista lleva minutos hablándome. Por lo visto no espera respuesta alguna. Y los temas del monólogo son los clásicos: los fichajes del Real Madrid, lo mucho que se parecen 50 euros a 5.000 pesetas, el tiempo (malo), las obras (peor), los rumores sobre la vida sexual del alcalde (inclasificables)... Y mientras bajo el volumen de los auriculares comienzo la retahíla de “ajá”, “sí, claro”, “mmmm”, “desde luego”, que sazonan la carrera hasta llegar al destino. Pero más allá de un taxista o un dependiente, superando incluso al camarero que habla más y más allá de la cuenta, o de la gente que intenta confraternizar en la cola del metro o del paro, hay una situación todavía más incómoda. Aquellos que en un viaje de autobús, tren o avión, pretenden pasar el rato sincerándose con un completo extraño.

De entrada, me parece tristísimo hablar con alguien que (con un 99% de posibilidades, porque como dice Diego –Yturriaga- “el Migala”: “el pañuelo es un mundo”) jamás vas a volver a encontrarte y que dejará en ti lo que la mejor escritura sobre el agua. Los guiños son parecidos a los de un ligue de discoteca: ¿viajas mucho? ¿de donde eres? ¿a qué te dedicas? Aunque también hay quien entra con la espada directamente y te cuenta su vida sin tapujos y a pleno pulmón. ¡Y espera que tú hagas lo mismo! Más de una vez me he hecho pasar por extranjero, y más de una vez también me ha salido el tiro por la culata: el español siente un deseo natural de hacer que el de fuera (sobre todo si es blanco) se sienta bien recibido. Al final resulta que habrá que llevar una camiseta en la que ponga “por favor, háblenme solo si es estrictamente necesario”. Y aún así siempre habrá un taxista, un dependiente, un compañero de asiento que te pregunte por su significado, su origen, sus segundas intenciones... Con todos mis respetos: mamá, quiero ser autista.

Artista del día: Robert Hampson

04 enero 2009

Mis queridos vecinos


Mis vecinos de arriba llevan una vida realmente atribulada. Por lo que he podido intuir gracias al buzón del entresuelo o a los encuentros por separado que he tenido con ellos al bajar o subir la escalera, la familia consta de una madre, sus dos hijos (él y ella) y el novio de ésta última. Durante los últimos meses las trifulcas son continuas. El insulto gana efectividad con los decibelios, y no resulta difícil seguir el conflicto permanente en el que viven. El hermano a veces defiende a la sangre de su sangre, y a veces no. El novio, al que la madre llama “el inútil”, es capaz de gritar, llorar y emitir un agudísimo gemido al mismo tiempo. No me extrañaría nada que hubieran llegado a las manos en más de una ocasión.

Algunas tardes de invierno no dudan en abrir las ventanas y entregarse a un in crescendo pavoroso y operístico siempre con el mismo clímax: al terminar cada pelea se entregan a una reforma total de las habitaciones. Los muebles cambian de ubicación, mueven cajas, mesas, cómodas, camas, sofás de ski. Me encantaría poder inspeccionar qué es lo que hacen exactamente, ya que es imposible que con un mobiliario que intuyo escaso (si tienen mis mismos metros cuadrados el margen de maniobra es mínimo) logren tantas combinaciones. Ruedan cosas, chirría el piso, y hasta la cocina parece haberse trasladado al baño. Resulta inexplicable que esas personas puedan vivir con tanto odio entre manos, tantos reproches, tanto alarido abriendo y cerrando conflictos.

A veces, en mitad de la noche y de mi insomnio puedo oír al “novio” o al “hermano” subiendo las escaleras totalmente borracho y a cuatro patas. Le cuesta atinar con la llave, y cuando entra en su casa enciende el equipo de música y escucha a Lou Reed a un volumen atronador, subiendo hasta el límite el botón que hace que destaque el bajo sobre todos los demás instrumentos. Con un mando a distancia pasa de canción a canción hasta que después de dos o tres horas, justo cuando sé que me va a ser imposible conciliar el sueño, se queda dormido apestando a vómito negro y fracaso (conjeturas mías, obviamente).

Me pregunto en qué momento de la vida de un hombre o una mujer aún jóvenes uno decide que ya no hay nada que hacer. Cuándo y cómo la falta de amor o el exceso de odio convierte la convivencia en una Isla de los Famosos sin famosos y sin isla y el tsunami del no-future se lo traga todo: sueños, esperanzas, fotos o vídeos en las que fuimos felices, y todos los botes salvavidas que guardábamos por si algún día había que escapar. Algunos se pasaron demasiado tiempo viviendo directamente en ellos y haciendo sus necesidades en el suelo.

Artista del día: Lou Reed

03 enero 2009

Leonard Cohen es tu hombre


LEONARD COHEN: gravedad relativa
Por Jesús Llorente


Se presentó en el festival IN-EDIT de 2006 el documental “I’m your man” sobre la vida y la obra de Leonard Cohen, incluyendo un concierto celebrado en Sidney en 2005 con versiones del artista canadiense a cargo de gente como Nick Cave, U2 o Beth Orton. Nos atendió amablemente y desde el otro lado del Atlántico su directora, Lian Lunson.

(entrevista telefonica aparecida en el Diario Vasco hace casi tres años. Me apetecía rescatarla así, sin retoques y con la habitual torpeza de cuando escribo para un medio más mediano que pequeño)

Lian (Victoria, Australia, 1959) tiene la suerte de no enfrentarse en “I’m your man” a un artista más grande que ella (y que todos nosotros) de un modo demasiado reverencial, ni con un respeto desmedido. No del modo mascota-de-Hitler en “El Hundimiento”, ni Ignacio Ramonet fermentando baba ante Fidel Castro (o su holograma). Se ha involucrado en su vida como una asistenta que se acaba casando con el señor de la casa. ¿Como quiere usted a su icono favorito? ¿Muerto y enterrado como Tim Buckley? ¿Genio y figura hasta la (creemos) sepultura tipo Dylan? ¿Maldito como Robert Johnson o John Coltrane? ¿Inabarcable como Tom Waits? A Leonard Cohen nos lo sirve Lian en bandeja como un menú degustación de canción y literatura, con postre incluido: ¡nuestro mito sabe actuar! Nah, olvida a los que dicen que es mejor intérprete que cantante, porque en el fondo, ¿qué demonios significa eso? ¿Qué es mejor chef que cocinero? “En realidad es un documental para fans hecho por una fan de alguien a quien admiro mucho. Lo que pretendía era mostrar la esencia de un Leonard Cohen que tiene muchas caras y muchas facetas, pero que ante todo es una persona que desprende fuerza y valentía, uno de los artistas más influyentes de los últimos 40 años”, afirma Lian.
Son incontables los iconos cuya obra es excelsa y cuya influencia es perniciosa. En mi opinión Nick Drake, Morrissey o Pisasso son buenos ejemplos. Han definido de tal modo su estilo, que a veces actúa como una camisa de fuerza en los brazos de aquellos que se rinden a ellos. En cambio otros abren su estilo lo suficiente como para ejercer una influencia enriquecedora. Creo que Leonard Cohen es un buen ejemplo de ello. Algunos artistas son espoleta y otro son unas joyas. Están mejor bajo llave.

Lian –actriz, productora, empresaria y hasta directora de vídeo clips para Neil Young, Pearl Jam o Public Enemy- convenció a Leonard Cohen a través de otro documental que dirigió para la televisión basado en la figura de Willie Nelson. “Desde entonces nació más que una relación profesional una amistad entre nosotros. Creo que el documental refleja esa conexión. Es verdad que no solo se trata de un tributo a Leonard, sino a aquellos artistas a los que éste ha influido de forma más destacada. No tuve que persuadirle demasiado para que colaborase. Sé que tiene fama de persona que no se deja ver, pero en realidad no es así”. Tiene razón, Leonard Cohen es una especie de cliché, como un póster de The Cure en la habitación del adolescente atormentado en las películas juveniles de los 80. O las flores en el pelo del mal estudiante de Berkley, o la cresta con gomina del punk más punk de la zona residencial. Leonard Cohen es sinónimo de seriedad, de ceños fruncidos, de gabardina negra y un cuervo en el hombro. En el imaginario colectivo es como el Dios del Antiguo Testamento. Y en realidad él es como Jesús en el Nuevo. “Opino que Leonard no está actuando en el documental. Se le ve muy cómodo y dominante, pero no en el sentido de avasallar al espectador o a los músicos que claramente muestran su admiración en las entrevistas. Su humildad no es calculada”. Escucharle leer el prefacio a la edición en chino de “Los hermosos vencidos” es un privilegio que debemos a Lian. Y solo por ello merece la pena acercarse a este documental/película/homenaje, escrito con la energía de un neófito, con la devoción de alguien que quiere que todos compartamos la emoción de conocer a Leonard, a Mr. Cohen, a Leonard Cohen, de corazón y desde el corazón. “Mi percepción sobre él es la misma que antes de conocerle. Al principio me daba un poco de miedo, como si fuese a ser Bob Dylan o algo así, pero se trata de un hombre eminente y agradecido al mismo tiempo”.

Y no olvidemos el sentido del humor. Amigos aspirantes a periodista musical, guarden este as en la manga: cada vez que una entrevista se ponga difícil pregunten: “Oiga/n, y no cree/n que los críticos en general no entienden el sentido del humor de sus letras?”. Se lo aseguro, esta frase es capaz de cambiar cualquier rictus mohíno en un gesto alegre y vivaracho. TODOS los artistas creen que la gente y los críticos no entienden su “peculiar” sentido del humor. Lo que sucede con Leonard Cohen es que realmente, TIENE sentido del humor, sus letras resuman sarcasmo e ironía, guiños, triples sentidos, gracejo y paradójico desdén. Es una mezcla del Señor Morita (vamos, ¿Karate Kid?), y Keats. “Se trata de alguien que ha vivido mucho, con muchas capas, muchas entradas y salidas. El ingenio y la sonrisa son sus mejores armas para relativizar todo lo que significa: seriedad, voz grave, poesía, historia. No olvidemos que siempre ha dicho que comenzó a escribir para atraer a las chicas, como un trovador medieval y se nota que conserva todo ese carisma”. Desde luego Liam sabe que Leonard es poeta, ante todo, y esa es la sensación que domina “I’m your man”. Esa, y la de que estamos ante un hombre que contiene toda la dignidad del mundo. La directora reconoce que a veces se sentía como la presidenta del club de fans de Leonard Cohen, de un Cohen que trasciende su biografía y este mismo documental, y sabe perfilarlo para que contemplemos sabiduría sin pedantería, espiritualidad sin dogma, encanto sin encantamientos, ilusión sin ilusionismo. A nadie escapa que lo mejor del film es el propio Cohen, cuya presencia basta para casi salir de la pantalla como si fuera un el apuntador que se sabe todas las preguntas y todas las respuestas. Y que hace que todos los demás, desde Rufus Wainwright a Jarvis Cocker, desde Bono a Antony den lo mejor de sí mismos. “Pienso que están todos espléndidos, pero mi actuación favorita es al final, cuando canta ‘Tower of Song’ acompañado de U2. Es como el resumen de toda una carrera, de una obra fascinante, y el mejor final posible de la cinta”, nos dice Lian con una carcajada que recorre la línea telefónica desde Los Ángeles hasta aquí.

Año nuevo


Podrías vomitar hasta los empastes.
El espejo es para ti, ahora que estás solo,
como la metadona para los heroinómanos:
convives con una version indigente de ti mismo.
Desde el balcón la ves llegar en la distancia
y se te saltan las lágrimas cuando resulta que no es ella.


1 de enero 09

Pero hay artistas que lo explican mejor, como Fran Gayo

02 enero 2009

Ella, la breve


Ella no tiene cuerpo. Ella es como de otro mundo. Ella es como un ángel recién levantado. En su aspecto parecen fundirse todos los libros leídos por todo aquel que la mira. No posee una belleza corriente, y a mayor y más selecta la biblioteca de su amante, mejor sabrá amarla éste, hechizado por sus pómulos de hielo y sus ojos como de falsa pitonisa mirando tramposos de café.
Había algo en ella que siempre estaba alerta. Una especie de motor de frigorífico en el alma, con su ruido y su vibración cada pocas horas. Serenidad y zumbidos en medio de la noche que más de una vez dejaron a sus amantes sin poder dormir. “¿Leerá mis pensamientos incluso bajo las sábanas?” se preguntó Juan. “¿Es que ya sabe que mañana voy a dejarla por su mejor amiga?” se preguntaba Toni. Era un tercer, un cuarto ojo de legionario en guardia y tiempo de guerra. En realidad ella ignoraba todo eso, y también cosas más evidentes, como las mentiras, el sudor frío, los mordiscos en el cuello, las manchas de carmín y las metáforas de segunda mano de su primer novio, su primer verdadero amigo o su primer amante, todos ellos ya lejos de su vida. Ella soñaba mucho. Con una avispa sin alas cuya muerte contemplaba con deleite, el aguijón rozando los azulejos de una piscina. Con el patio de su colegio cuando aún era una niña. Era incapaz de saber a quien iban dirigidas las pintadas. Había insultos a profesores que no reconocía, corazones con chicos y chicas que nunca fueron compañeros suyos, frases cuyo significado ignoraba por completo. O su pesadilla más común: subirse a un taxi y exclamar “siga ese coche”. Cuando el taxista preguntaba “¿Qué coche?”, siempre respondía: “cualquiera, siga cualquier coche, y dese prisa”.
Cada vez que ella ponía un póster en la pared pensaba en todo lo que iba a ocurrirle antes de que tuviera que despegarlo. En noviembre colgó uno de Leonard Cohen a un soporte de corcho que su padre había colocado para que no estropease la pintura cuando la ayudó con la mudanza, y unos meses más tarde decidió quitarse la vida.