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26 febrero 2009

Dulce niña



No, no es el comienzo ni el final de una carta de amor, sino el título de otra canción de Elle Belga. Eso sí, enamora.

Elle Belga: Dulce niña

Y cosa rara, el álbum se edita en digital (ya) antes que en digipack (23 de marzo). Se puede comprar en Itunes aquí > Elle Belga: 1971

22 febrero 2009

Salitre y sudor


Cuando el amor se esfuma somos un soldado que acabada la guerra aún no tiene noticias de la derrota y sigue limpiando su fusil, andando con cautela y pintándose la cara de verde para evitar ser capturado en plena selva por un enemigo que ya no existe. ¿Pero cuándo se esfuma? No en verano, desde luego. Según recientes encuestas, el 77% de los españoles con pareja se enamoró durante los meses de junio, julio o agosto. Es posible que el interés erótico naciera ya en mayo, pero es en vacaciones cuando las endorfinas se ponen juguetonas y nos convertimos en el horóscopo benévolo que estamos leyendo. Ya lo dice un poema de Cesare Pavese: una sonrisa bañada por el sol puede alterar el mundo. Creo que prefiero esa frase a la fría estadística encargada por una marca de preservativos que siempre dice que los españoles practicamos poco el sexo y empezamos demasiado tarde. En verano realizamos un top-less interior que nos deja con las defensas bajas. Prima la creatividad del media punta jugón y habilidoso, capaz de generar la emoción con sus fintas y filigranas. La emoción: un pliegue en el cuello, una caída de ojos, el rubor en unas mejillas ya sonrosadas.

Todo eso y cosas más groseras son los ingredientes del amor, que unas veces va demasiado deprisa y otras es una imagen congelada. Y es que hay corazones que merecen la abolición de la propiedad privada, un asalto por las malas, ejecuciones sumarísimas, olor a quemado, antorchas, saqueos y violaciones, aunque la mayoría de las veces nos conformemos con una transición amable en la que dirimimos nuestras diferencias con unas pocas fórmulas abiertas que el otro podrá utilizar en nuestra contra apenas pidamos una relectura acorde con los tiempos. El amor, repito. Convertirse en (y por este orden): a) Aquel o aquella que no sois, b) Aquel o aquella que sois realmente y c) Aquel o aquella que no seréis jamás. El amor. Cambiar el nombre de los países y los continentes, el curso de la historia o cualquier cosa irrealizable.

Cuando cae la tarde en el verano, el mar ya se ha reconciliado con el mundo, te brilla el sudor como a un luchador lleno de grasa y te sumerges suavemente hasta donde tienes pie, pensando que quién sabe, quizás merezca la pena que el mundo se detenga un instante imitando a las olas cuando alcanzan su mayor altura, para que puedas disfrutar del cielo contra toda ley física y con tu cuerpo de ahora, todavía en vigor. Está claro, en verano o en invierno te inquietan los mismos rostros, rostros que no han pasado de moda, porque en tu cabeza y en tu corazón se han llevado siempre los mismos colores, el mismo corte y en las pasarelas del alma a veces se pasean sintiéndose divinas algunas chicas que te recuerdan el amor que no quisiste, el amor que no supiste retener.

Artista del día: The Field Mice

19 febrero 2009

La máquina del tiempo



A veces, rebuscando entre papeles viejos, entradas de conciertos, servilletas con direcciones y mohosos recuerdos uno se encuentra con algo que provoca el mismo efecto que una bomba. Me refiero a esas bombas que aparecen de repente en los pueblos, o en los escombros cuando el suelo es removido para construir un bloque de pisos, vestigios de la guerra civil enterrados a medias. La gente rodea el artefacto, preguntándose como habrá llevado “eso” tanto tiempo allí sin dar señales de muerte. Cada cual tendrá su opinión, su rictus de asombro: la bomba parece casi un fósil prehistórico de otro mundo, de otros tiempos mejores o peores. Pero a pesar del aparente peligro que puede entrañar el arma dormida, terminamos mirándola de cerca, rozándola.

Así se explica que, después de bastante reflexionar, acabes abriendo una carta de hace muchos años. Una carta que no llegaste a contestar cuando eras otra persona. O mejor dicho, una persona que encerraba muchas otras en su interior. Sabías como utilizar ciertos adjetivos, emplear metáforas tramposas para resultar más interesante y que te apreciasen más de lo que seguramente merecías. Dice Woody Allen que cuando era más joven y coincidía con una mujer en el metro, en la calle, o en cualquier lugar público, se imaginaba cómo sería su vida con ella, y qué tal se comportaría en la cama. Es verdad que uno se deslumbra con la mujer bella, se entusiasma con la mujer inteligente y se queda con la que le hace caso, pero todos hemos pensado que nuestro camino habría sido distinto de no haber cortado con Marta, o de haber hecho caso los consejos que nos dio Luis sobre una tal Gemma. Con Julia todo pudo ser diferente y... ¡Ay, si no me hubiese abandonado Eva!

Pero mientras seguimos leyendo aquella carta sentimos por dentro una sorda explosión de sensaciones. La caligrafía, unas pocas palabras que hablan apasionadamente del amor y del futuro, la firma terminada en un rabito con un corazón un poco cursi te llevan a otro sitio como si te hubieses plantado en el tele-transportador de Star Trek. Entonces tomaste algunas decisiones al azar, como haciendo caso a una flor imaginaria que te decía “me quiere” o “no me quiere”. Y enterraste vivas ciertas emociones que durante algún tiempo arañaron su ataúd por dentro y finalmente murieron de pena y de cansancio. ¿Por qué vuelven a ti estos pensamientos sepultados desde tu adolescencia? ¿No te has jactado a menudo de no mirar atrás ni pensar en el porvenir? ¿Dónde están los artificieros cuando se les necesita?

Artista del día: Hood

16 febrero 2009

El futuro y el destino


(pasando de refilón por un libro de Alan Moore)

Una de las razones para seguir viviendo en el hogar familiar pasados los 30 es que nuestros mayores han abierto la mano (en lo que se refiere a las costumbres o cualquier asunto potencialmente crítico) para evitarse disgustos. Mamá y papá han bajado el listón para mantener a su progenie cerca del núcleo de afectos. Por eso y porque yo ya hace años que me independicé, este episodio de mi vida nocturna resulta de lo más extraño.

En el sueño abro mi puño izquierdo y las cinco agujas de un reloj imaginario forman decenas de círculos perfectos. En uno de ellos escucho mi nombre en la megafonía del supermercado: me he perdido y mis padres me esperan en el punto de encuentro. Pero el amor también consiste en separarse y por ese motivo aguardo unos minutos en la sección de juguetes mirando resplandecientes cohetes, cápsulas lunares, portaviones y un cubo con caras de colores que parece una nave descolgada del cielo. Luego, confirmando la teoría de que en los sueños podemos percibir olores, salgo corriendo por pasillos metálicos perfumados con tiza y plastilina, enjugándome las lágrimas. Entonces sonó el despertador. Las siete. Resaca y mal aliento. El trabajo, que nunca nos hará libres ni ricos, nos espera en otro largo día.

¿De verdad no he sacado nada en claro de todas esas imágenes nada oníricas causantes de mi sudor frío y mi nuca ardiendo? Creo que sí. Ahora que mis padres son unas personas que a veces me recuerdan la voluntad efímera de la sangre y el valor de un teléfono descolgado en el momento preciso. Ahora que sabemos que estamos atados a la textura de esta tierra y que los placeres se borran a sí mismos a medida que acontecen. Ahora que ya no nos asustan las distancias entre galaxias y que Dios pesa menos de la mitad. Ahora que llegamos a todas las estanterías y que hemos aprendido a limitar nuestro destino negando la felicidad de los demás. Ahora, muchas veces, cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que alguien se acerque hasta mí y me diga: no tengas miedo, el juego ha terminado, volvamos a casa, agarrándome del brazo, otorgándome valor y difuminando todas las líneas de mi rostro, todo eso que ha hecho de mí un hombre obligado a prescindir de la idea de que un día sus padres estarán muertos y sus cuerpos ya no tendrán otra memoria que la nuestra.

La conclusión es que no hay nada que pueda hacernos felices, a los treinta, los veintiséis o los dieciocho, cerca o lejos del hogar paterno, con novia o casados, en bares o en after-hours mientras no asimilemos la idea de que estamos solos y que nadie va a venir a buscarnos para abrazarnos hasta un futuro que no tenga nada que ver con el destino.

Artista del día: Hoquiam

13 febrero 2009

Morrissey: Years of Refusal


Con cada disco de Morrissey tengo la sensación de que buena parte de la prensa tiene ya preparados los titulares, la entradilla y el veredicto sobre ese nuevo trabajo que él se empeña en entregar, como un Woody Allen del pop al que echaremos de menos cuando se muera o se vea privado de fondos o de inspiración. Es como esos obituarios que están listos para cuando fallezcan Fidel Castro, o Ratzinger, o Fraga. Apenas suceda, se publicarán con muy pocos retoques. El consenso es apabullante, cual referéndum en país con dictador.

Pero he aquí que el controvertido cantante, compositor, y qué leches, bardo de Manchester nos rompe los esquemas a todos con su mejor elepé desde “Wauxhall and I”. En serio, estoy harto de titulares como “Vuelve el hombre”, como si fuera el Tom Jones del indie o intérprete busca productor para encauzar talento mustio. Me cargan los comentarios sobre sus 49 años mal llevados (o bien, según se mire). O que se comparen todos sus lanzamientos en solitario con viejas proezas al frente de The Smiths (cosa que se viene haciendo desde “Viva Hate”, claro). Lo mejor será hablar del disco en cuestión. Y qué disco. Yo por lo menos no me lo esperaba así. Tan crudo, tan directo, tan salvaje, tan intenso. Se ha saltado varios pasos, ha obviado su supuesta decadencia y por fin hace algo que querré escuchar dentro de cinco años. El problema de muchas de las canciones de muchos de los trabajos de Morrissey es que están tan llenos de chistes privados, circunstanciales y con clara fecha de caducidad que parecen episodios de “Siete vidas”. Aquí sin embargo me da la impresión que apela a sentimientos universales, comunes, más llanos, hasta vulgares. Es como si en vez de darse un paseo por los bajos fondos de las emociones hubiera alquilado un piso y vivido en él experiencias reveladoras.

Aquí hay canciones que valen la pena y la palabra. A priori resultaba decepcionante que incluyese “That's how people grow up” y “All you need is me”, que ya aparecían en “Greatest Hits”(Polydor, 08), pero escuchado el disco en su conjunto, ahora no podría prescindir de ellas. De hecho “Years of Refusal” tiene que disfrutarse de principio a fin, no como algo conceptual, sino como una obra de intensidades, de grados, como un menú degustación en el que los entremeses, los sorbetes y hasta la guarnición tienen un sentido concreto, donde cada composición está donde tiene que estar por una razón determinada. Y así “I am OK with myself”, “Black Cloud”, “It´s not your birthday anymore”, “One day goodbye will be farewell” o “Sorry doesn´t help” resultan brillantes, vibrantes, emocionantes, y muchas cosas que terminan en “antes”, sin que Morrissey se haya apoyado en el pasado o la nostalgia.

Quizás hacerse mayor, como una vez leí en un poema, sea tener cuartos iluminados en la cabeza, y dentro gente actuando, gente conocida cuyo nombre no recuerdas, cada persona alzándose como una pérdida devuelta, asomándose, sonriendo en la escalera, tomando del estante un libro, dando siempre una sensación de confundida ausencia, porque los cuartos se alejan dejando un frío incompetente, el gasto continuo de tomar aliento. Morrissey, que siempre se ha tenido a sí mismo, es el acomodador con linterna de un cine en el que se proyectan muchas películas sobre su propia vida. Y “Years of Refusal” es uno de sus mejores documentales.

Viva Hate!

11 febrero 2009

Brett Anderson: Wilderness


“Nos sentamos bajo el cielo de Londres / en un día perfecto de Junio / Rocé sus manos / y susurré nuestros nombres…”. Así comienza el nuevo intento de Brett Anderson de desafiar la indiferencia y el olvido.

Con una carrera que desde la disolución de Suede parece difícil de enderezar, y habiendo protagonizado uno de los casos de envejecimiento más prematuro dentro del pop británico, Brett ha decidido dedicarse a lo que mejor sabe: explotarse a sí mismo como Dylan Thomas de bolsillo. Lejos, muy lejos del estrellato, es curioso que esté más cerca que nunca de las estrellas. Las menciona varias veces en sus letras. Y también a las nubes, la lluvia, Dios, los planetas, el verano, el sol, las rosas, el amor y la muerte. “Wilderness” es un disco desnudo –apenas voz, piano, guitarras, cello y percusiones- y romántico; trágico y algo monótono. Sus mejores momentos –canciones como “Funeral Mantra” o “Back to you”, un precioso dueto junto a la actriz Emmanuelle Seigner- podrían haber sido perfectas caras B para los singles de “Dog Man Star”. Y eso es al mismo tiempo un merecido halago y la constatación de una realidad que a los que fuimos fans de Suede nos pone un poco tristes.

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10 febrero 2009

Daniel Padden: Pause For The Jet


Más conocido como miembro fundador de los inquietantes Volcano the Bear, Daniel Padden (antes The One Ensemble of Daniel Padden) lleva sobre sus hombros todo el peso de tradiciones tan variopintas como las que personifican Syd Barrett, Brian Eno, Lech Jankowski, Sun Ra y Robert Wyatt (entre otros). Este segundo álbum en solitario es una especie de río en el que verdaderamente uno nunca se baña por segunda vez pensando que siga en el mismo cauce. “Pause for the Jet” suena a veces como si Padden hubiese tirado sobre la moqueta de un estudio de grabación las diferentes partes de diversos instrumentos y luego se dedicase, con evidente talento, a ensamblarlas mientras improvisa melodías sobre la marcha. Premeditado y accidental, antiguo y contemporáneo al mismo tiempo, logra evitar la tentación de hacer una banda sonora para una película que no existe. Estamos ante un disco cautivador y misterioso, que no necesita del otoño, una habitación cerrada o una metáfora manida para ser disfrutado en toda su extensión.

Escuchar aquí

06 febrero 2009

Siempre positivo, nunca negativo.


¿Tienes el corazón medio lleno o medio vacío? ¿Eres de los que se despiertan a las tres, las cuatro de la mañana para ir al baño y luego no pueden conciliar el sueño debido a las múltiples tribulaciones que revolotean por encima de tu cabeza? ¿Has dicho alguna vez aquello de que ‘no soy pesimista, tan solo realista’ con una mueca de desesperación en los labios? Y cuándo intentas dividir 234 entre 12… ¿te salen unas arrugas en la frente que te hacen parecer preocupado y deprimido? Bien, como diría un moderno, es que eres casi normal.

Hace algunos años se publicó un estudio de la prestigiosa Clínica Mayo en el que se afirmaba algo que cualquier persona con un poco de sentido común ya sabía: que pensar de forma positiva es beneficioso no solo para tu salud mental, sino también para la física. En dicho estudio se seguía el periplo vital de 800 vecinos de Minnesota durante nada más y nada menos que 35 años. A todos se les había preguntado, a finales de los sesenta, por su nivel de felicidad, dentro de una escala con unos parámetros bien determinados. Los que encaraban su vida con una sonrisa, independientemente de su edad inicial, el sexo, o el estado civil, han tenido vidas más largas, mientras que un alto porcentaje de pesimistas habían muerto prematuramente. De hecho, por cada incremento de un 10% dentro del índice de pesimismo, había un 20% más de fallecimientos en edades tempranas.

Sentirse bien, o mejor, dicho, una predisposición a sentirse bien, es el secreto de la felicidad. ¿Estará escrito en los genes? ¿Son los padres los que han de inculcar el optimismo en sus hijos? ¿Es el optimismo patrimonio de los que tienen un buen patrimonio o no tiene nada que ver con la riqueza o la escasez? Más allá de los estudios y de las intuiciones de uno, la verdad es que el asunto es misterioso. El chico gordito que se atreve a pedirle salir a la guapa de la clase. El vende-biblias profesional que llama a tu puerta. El político de un partido cuyos afiliados caben en un taxi. El futbolista que centra con los ojos cerrados. Todos los espontáneos que se lanzan al ruedo. Los que juegan siempre el mismo número a la lotería. Los que creen que las personas son buenas por naturaleza. Todos ellos, ¿son ilusos, demasiado osados u optimistas irredentos?

Dicen que el ser humano, a no ser que nos afecte alguna patología, tiende de forma natural hacia lo placentero, y por mero ensayo-error prefiere aquello que sabe mejor, huele mejor o le hace sentir mejor. ¿Será por eso que hay tantos optimistas entre los hedonistas y viceversa?

Artista del día: The Pains of Being Pure at Heart

04 febrero 2009

Diecinueve


Me acabo de dar cuenta de un hecho curioso. El primer recopilatorio que editó Acuarela ("Brumario") y el último ("Songs to Break God's Heart") contienen 19 canciones cada uno, sin que de ninguna manera se planease así. Tampoco fue premeditada la ¿fealdad? ¿extravagancia? ¿estética equivocada? de ambas portadas. Eso sí, el contenido ya es otra cosa.

Más de 100 canciones

Malo no, malísimo


La hipocondría es la única dolencia que no tengo”, decía Oscar Levant. Es, seguramente, una de mis frases predilectas de los últimos meses, y la que más y peor aplico a mi vida cotidiana. Todo empezó en las pasadas Navidades. Noté unas punzadas agudas casi a la altura de la axila. De inmediato pensé en una enfermedad coronaria, el preludio de un infarto, la antesala de un marcapasos.

Cualquier consulta que realizara en Internet me llevaba a la misma conclusión: yo iba a morir, e iba a morir pronto. Luego me di cuenta de que cada vez que me acordaba del dichoso pinchazo éste parecía aumentar su intensidad, que ahora se extendía –en mi imaginación, se entiende- desde su punto de origen hasta prácticamente el hígado. El paso del tiempo me convenció de que aquello no era nada. Más bien olvidé mi dolencia gracias a estar ocupado en un millón de cosas.

Poco después aparecieron unas misteriosas llagas justo encima de las encías. La lógica me decía que quizás eran fruto de una reciente gripe, pero en mi fuero interno yo estaba seguro de que se trataba de una rama alternativa y todavía desconocida de la lepra. Iba a descomponerme por dentro. Intenté mil y un remedios: miel con limón, enjuagues con menta, antibióticos, una visita desesperada al dentista con la excusa de una limpieza bucal, pero lo único que acabó con aquel problema fue de nuevo el tiempo: unas semanas más tarde, todo volvía a su normalidad: dientes, saliva y carne humana.

Acto seguido mi cuerpo se aplicó en un contraataque demoledor: tras un nuevo constipado lo siguiente fue una alergia. Algo -¿el chocolate? ¿el vino? ¿el queso de oveja? ¿Las gramíneas?- se apoderó de mi garganta (teniéndome durante días con un continuo carraspeo), mis ojos (picor irrefrenable) y nariz (goteo y congestión). Nunca me había pasado antes. Pensé en un cáncer de laringe, en el asma que me azuzó siendo niño, en no llegar al mes de marzo. Y lo probé todo: hierbas y medicamentos, acupuntura y química pura, infusiones y ejercicio. El cambiar Madrid por Gijón durante un fin de semana me aclaró las ideas: de repente, el clima húmedo de Asturias eliminó cualquier síntoma de enfermedad, y no importa lo que allí comiera o bebiera, todo estaba en su sitio.

Pero al volver a casa, los males también volvieron. “Alergia seguro”, me dijeron. Sí, ¿Pero a qué? “A lo médicos”, me espetaron al saber que en todo este tiempo no había ido por la consulta ni una sola vez. Sí, a los médicos y a mí mismo, quizás el mayor pozo de padecimientos que conozco. De solo ver una radiografía me imagino mi rostro convertido en un cadáver. Y eso es seguramente lo que me llevará a la tumba. Solo de pensarlo me pongo malo.

Artista del día: Doveman

03 febrero 2009

O me ingresas o te ingreso


Atención a los ganadores del sorteo ante notario (un nota, en realidad) de 3 lotes de discos raros, posters y material de Acuarela de entre los recientemente apuntados como seguidores del blog:

-A.G. Pym
-the ugly faced boy
-Silvana


Todos ellos quedan invitados a ponerse en contacto con nosotros (acuarela72@gmail.com) para darnos su dirección. Proveeremos. Y a partir de mañana, nuevas actualizaciones del blog.