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24 mayo 2009

Aviones


En mi asiento de ventanilla intento leer la prensa deportiva como siempre hago en los viajes en avión. Me relaja estar al tanto, durante unas horas, de los últimos fichajes, las declaraciones más tópicas, los exabruptos de presidentes y jugadores: la antología diaria del disparate futbolero. Tras el despegue y mientras el aparato toma altura mis pulsaciones se van acelerando y me invade un incómodo hormigueo por todo el cuerpo, como el síndrome de abstinencia de una droga que nunca he tomado. Entonces hay un momento en el que me acuerdo del dios de mi infancia. Justo cuando todo lo que puede verse a través de la ventana de plástico son nubes pienso en lo que reproducen las neuronas de las personas que tienen una experiencia cercana a la muerte. Un túnel, algodón blanco por doquier, una luz al final que represente la perdida de todo vínculo. Resulta extraño que en el clímax del pavor más absoluto las azafatas demuestren una tranquilidad tan desasosegante. Vienen y van sonriendo, luciendo mini-faldas y manicura, anticipando el reparto de plastificadas viandas. Uno mira por la ventanilla y se imagina que un ángel te va a hacer una señal, un guiño cómplice. Pero rezas porque nadie intente tranquilizarte. Sería el colofón a esa taquicardia que invade tus venas y arterías. Aferrado al asiento juras que si vuelves a tocar el suelo con los pies cambiarás de vida, serás una persona mejor, un ser humano más humano.

Cuando viajamos en avión las auxiliares de vuelo nos indican lo que tendríamos que hacer en caso de emergencia. Y se convierten en mimos de una desgracia imprevisible mostrándonos el mecanismo de la máscara de oxígeno, enseñándonos a inflar nuestro chaleco salvavidas, y la localización exacta de las muchas salidas de emergencia. Ignoro si alguien antes lo ha pensado, pero entonces comprendo la naturaleza del amor. Por mucho que nos avisen de los muchos peligros de echar a volar y de la alquimia de las pieles y los cuerpos, por muchos libros de autoayuda que hayamos empezado jurando no volver a enamorarnos nunca más, al llegar el momento nos damos cuenta de que cuando estábamos a punto de despegar y la azafata movía sus manos con los pasos a seguir en caso de catástrofe nosotros estábamos distraídos y pensando “pues sí que sería mala suerte” seguros de que aquello no va con nosotros. Pero también ajenos a que el amor entraba por motores, fuselaje y redes de ventilación hasta llegar nuestro asiento de clase turista. Ese en el que horas más tarde seremos presa del pánico cuando nos hundamos sin remedio en el fondo del océano. Donde con suerte unos tiburones nos esperan o acabaremos devorándonos los unos a los otros con una pasión capaz de destruir el mundo.

Artista del día: Richard Buckner

18 mayo 2009

Los 10 Inconfesados....


... que no los 10 inconfesables. Artistas que mencionados en ciertas reuniones provocan a) preguntas,b) estupor, c) dudas sobre si se trata de una extravagancia tuya (más), d) encogimiento de hombros, e) carraspeo previo a un brindis por lo que se tercie. Cada vez resulta más jodido que tu eclecticismo no sea chungo ni parezca exótico. Todo depende ante qué secta te estés mostrando más o menos sociable. No miento, y los defendería en cualquier foro público o privado. A los artistas, digo. Casualmente, la mayoría son solistas. Cada vez me entiendo menos.

-Bikini Kill
-John Denver
-Suede
-Frank Sinatra
-Pet Shop Boys
-Kool and the Gang
-Luigi Tenco
-Salvatore Adamo
-Serrat (sin más)
-Claudio Baglioni

Ciertamente debería linkearlo todo hacia -SPOTIFY, pero va por invitación, y solo me quedan 7.

11 mayo 2009

The New Year en España (¡en Europa!)



El 31 de mayo tocarán en Madrid (sala Neu!) uno de mis grupos favoritos de siempre: The New Year. Es un sueño hecho realidad tras unas negociaciones bastante arduas. También estarán en Valladolid (28), Vitoria (29) y Barcelona (30). Estas cuatro fechas son las únicas programadas en toda Europa. La banda apenas hace conciertos dado que sus miembros viven en ciudades diferentes allá en los USA. A mí ya no me quedan uñas que morder.

Myspace de The New Year

Página oficial

07 mayo 2009

El juego del Yo-Yo.


Cuando era un niño me gustaba jugar en soledad, con mis soldados, mis castillos y mis piezas de ensamblaje. Organizaba cruentas batallas en las que mi cabeza volaba muy lejos. Durante una temporada mi casa estuvo en obras y entre escombros y utensilios encontraba siempre instrumentos para canalizar mi imaginación infantil: ladrillos con los que construiría fortalezas, sacos de cemento medio vacíos para cavar trincheras, munición en forma de pequeñas piedras, trocitos de escayola, y las latas aplastadas que los albañiles se bebían antes de subirse en un andamio. Al jugar solo, siempre terminaba ganando yo, no importa qué bandos se enfrentaran a bombazo limpio, e independientemente de lo que estuviese en disputa: un territorio, una doncella, una ideología.

Luego descubrí otros modos tan satisfactorios o más de seguir solo. La masturbación fue todo un hallazgo que durante años imaginé era todo lo que uno necesitaba saber sobre el sexo. También visitar librerías de viejo y rebuscar durante horas por cajas y estanterías, extasiado ante todas aquellas palabras, en verso o no, que –pensaba- harían de mi vida algo más emocionante y más fecundo. Leer era la prolongación perfecta de aquella sensación, como si en la misma librería se abriese una puerta a otro universo en el que los adultos eran tan sólo personajes de malas novelas y las verduras solo existían en bodegones. Y luego el cine, salir de una película especialmente intensa y que todo dé vueltas, el corazón a ritmo de drum ‘n’ bass, la gente y los paisajes pasando a cámara rápida. Hablar por teléfono siempre ha sido también algo muy privado, sobre todo desde que mi madre me dijo que podía notar, por el tono y las inflexiones de mi voz, si estaba charlando con un chico o una chica. Desde entonces nunca respondo una llamada cuando hay alguien a mi alrededor, y cuando uso el móvil no me alejo a menos de cien metros de distancia. Y, claro, escuchar música, mis primeros discos de The Cure, Lou Reed o Husker Dü, canciones que apenas podía compartir con ninguno de los sexos, allá en mi miserable pubertad de provincias.

La pregunta, hoy, es si todo esto me ha convertido en peor persona de la que podría haber llegado a ser. Porque he leído que los niños y adolescentes solo pueden desarrollarse como verdaderos ciudadanos felices y productivos si se les socializa desde la guardería y aprenden a insertar su vida en la del resto del mundo. ¿Habrá una especie de club, algo así como Misántropos Anónimos? ¿Tendré tarde o temprano que levantarme y decir: hola, me llamo Jesús y he venido para convertirme en ese que a partir de ahora va a ir a comidas de trabajo, fiestas de cumpleaños y camas redondas?

Artista del día: Mi and L'au