30 agosto 2009

Septiembre



Comenzamos la temporada un poco como aquel Real Madrid de Camacho: con varias neuronas díscolas, pocas ganas de trabajar y el vestuario en armas. Pero al contrario que el temperamental murciano, yo no voy a dimitir por mucho que mis brazos, mis piernas, el hígado, corazón y pulmones –es decir, la columna vertebral de este equipo más terrenal que galáctico en el que me ha convertido el verano- se me pongan farrucos y quieran boicotear mi futuro.

El futuro. El verano. Términos tan confusos como este presente que quiere ser otoño cuanto antes. Cuando yo era un adolescente que vivía a velocidad de bólido mi abuelo me decía que con el paso del tiempo iba a notar cómo los días, las semanas y los meses se volverían en mi contra, transcurriendo cada vez más velozmente. Que cerraría los ojos con un título universitario y los abriría entrada la treintena, con úlceras y ojeras. Y después siempre a peor: con hipotecas, cuentos de la lechera, tranquilizantes, quinielas tiradas a la basura y cada vez menos sexo.

Mi abuelo ponía énfasis en estas últimas palabras, haciendo una mueca con la boca que para mí, que a duras penas había perdido la virginidad, significaba el fin del mundo, la total aniquilación de toda esperanza. Al fin y al cabo me correspondía a mí decidir entre dos opciones que todos habrán contemplado alguna vez: o vivir deprisa y de una vez, quemando etapas y órganos internos, probándolo todo, vomitándolo todo, con un pañuelo rojo en el cuello y las pupilas dilatadas… o bien reservarse, contenerse, esperar el momento adecuado, templar el cuerpo y el alma para llegar primero a adulto y luego a viejo sin necesitar piezas de repuesto.

A veces, y he aquí el dilema, la duda se presenta de repente, en una misma noche, como ondas sísmicas que predicen un terremoto que bien puede ser una falsa alarma o un cataclismo. Y vuelve a presentarse por la mañana, cuando la suerte ya está echada, en forma de culpa y arrepentimiento. Al mirarnos al espejo, sin la careta que normalmente cubre otra careta, sentimos miedo y asco, sí, pero sobre todo miedo. ¿En qué momento comienza a ser patético no saber qué dirección seguir? ¿Cuándo pondremos un muro de contención (o de seguridad, según a que lado estemos) que separe la inocencia del instinto?

Septiembre es un buen mes para pensar en estos asuntos. En la mente hay zonas en blanco como la que deja un bañador entre el ombligo y las rodillas, y la débil llama de la redención parece avivarse si soplamos un poco. Y es entonces cuando quisiera poder rezarle a alguien o a algo, a todo, para aprender a vivir sin consumirme por ambos lados y a dos velas.

Artista del día: Hecuba

1 comentario:

Sara dijo...

¿Cómo te has metido en mi mente y en mi cuerpo para sentir exactamente como yo me siento y encima expresarlo tan bien con palabras?? dios, quiero llorar... el final de agosto es terrible, ¿me tiene que entrar la madurez de repente, sólo porque es septiembre?? ahora me voy a pasar todo el día pensando!! (bueno, tampoco voy a pasarme...)