18 septiembre 2009

Autobiografía



El cielo era como el que vio desde una noria en 1981, cuando se fue la luz en todo el pueblo y se quedó allí arriba, intentando llevarse las estrellas a la boca, cerrando los ojos, aguantándose las ganas de vomitar. Oscuro como un pozo del revés, que nos devolviese todos los deseos que hayamos formulado en nuestra vida, podía levantar la vista e imaginarse que estaba completamente solo.

Entre el cielo y el suelo caminaba muy recto hasta su casa, siguiendo la línea de la acera, con el corazón haciendo tic tac tic tac como una bomba de relojería con un cable rojo y otro azul. Iba escuchando la radio. Los auriculares le molestaban. Las noticias de las seis de la mañana hablaban de unos tiroteos en Jerusalém. En Tokio se habían suicidado cuatrocientas personas. Unos terroristas amenazaban con detonar una bomba nuclear en los casquetes polares, y así inundar las costas de Nueva York, Venecia, Amsterdam. El mundo se veía abajo con gente que creía obedecer órdenes de arriba. J. cerraba los puños, todavía achispado por el vino que había tomado durante toda la noche. En su cuello tenía marcas de mordiscos. Ella se llama B. Anoche le dijo: “no me importa morir, siempre he pensado que no llegaría a vieja”. Le dijo “si piensas demasiado en la muerte todo ese tiempo es como si estuvieses muerto”. Le dijo “un buen día puede que una avioneta descargue gas sarín sobre la ciudad, pero también que una maceta te caiga sobre la cabeza y acabes desangrándote en una esquina”.

Entre frase y frase la iba besando, con la boca llena de saliva, una ciénaga de excusas y bacterias que al mismo tiempo le excitaban y le daban asco. Nada más llegar a casa se metió en la piscina comunitaria. Empezaba a clarear. No había ni rastro de nubes, y no podía jugar a imaginarse martillos, ovejas, hongos nucleares, flores, mapas de éste o aquel país. El agua de la ducha que había junto al trampolín estaba helada. Nunca tenía miedo de dejar que corriese por sus hombros, su espalda, su cuello. Era una de las pocas penitencias que podía soportar. De un salto se fundió con el cloro y las hojas muertas que se agitaban en el fondo. Aguantaba veinte, treinta segundos sin respirar, y era como otra pequeña muerte. Una avispa se deslizó hasta el agua y jugó con verla morir. Sus alas se ablandaban, su aguijón se topaba con los azulejos de la piscina.

Poco después dejó de moverse. J. durmió durante unas horas. Su habitación estaba en penumbra. Creyó oír en sueños como sus padres se despertaban y abrían la puerta para ver si estaba sano y salvo. Creyó soñar con el patio de su colegio cuando aún era un niño. Era incapaz de saber a quien iban dirigidas las pintadas. Había insultos a profesores que no reconocía, corazones con chicos y chicas que nunca fueron compañeros suyos, frases cuyo significado ignoraba por completo. Esto derivó a su pesadilla más común: sostenía en las manos una pastilla blanda como un flotador, que se iba haciendo cada vez más grande, hasta que, de tan inmensa, le hacía resbalar y caía al vacío. Al despertar el mundo había cambiado. Era 18 de septiembre.

Artista del día: L'Altra

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