17 octubre 2010

Envejecer



Algunos de los síntomas de que uno se hace mayor y ya no es joven son, por ejemplo, que las resacas duran día y medio (cuando antes te recuperabas en unas pocas horas), que los niños te llaman “señor” al preguntarte la hora o una dirección, y que te sorprendes a ti mismo pensando que tienes que comer mejor, hacer gimnasia, abandonar los malos hábitos que están minando tu salud de post-treinteañero. Resulta también alarmante el que en conversaciones más o menos beodas surjan referencias nostálgicas de los años ochenta: Naranjito, Verano Azul, La Bola de Cristal, “Orzowei”. Mecano, “Thriller”, los saltos de Sandro Pertini, el Osito Misha, la mancha de Gorbachov o los concursos de Break dance. Al final siempre hay alguien que dice cosas como “en aquellos años el SIDA no existía”, o “¿recuerdas cuando en España no había kiwis?” o “¿quién poseerá ahora el fondo de armario de Tino Casal?".

Es descorazonador no saber si los recuerdos son algo que tenemos o algo que hemos perdido. Pero peor nos sentimos al intentar alargar lo indecible nuestra juventud convirtiéndonos en canosos niños grandes con un interminable arsenal de penas. Sobre ellas debatimos en bares y salas de conciertos como si fuésemos un auténtico consejo de ancianos que decide el destino de una memoria común. La señal más clara del envejecimiento (interior, porque por fuera seguimos igual de adolescentes... ¿o no?) es quizá el sentimiento de culpabilidad. La culpa, en toda su extensión, canaliza muchas de nuestras emociones y acciones. Después de una noche loca de atar decidimos hacer ejercicio, pensando que las toxinas producidas por la droga, el alcohol o el simple desamor van a esfumarse con unas carreras y media hora de pesas.

Una infidelidad es seguida de un férreo compromiso con la verdad y la pareja. Una llamada de tu madre, con la que no hablabas desde hacía semanas “porque no hay nada nuevo que contar” o “si pasa algo malo, como una muerte en la familia, poco se podrá hacer ya”, se transforma en promesas al viento de estar más en contacto y no darle tanto la espalda a la sangre de tu sangre. Pero el ejemplo más ilustrativo es el pacto que tengo con un amigo para que, cuando en medio de una conversación alguno de los dos pierda el hilo, no continuemos hasta que no demos con la palabra o con la idea que se nos escapó en un principio. Son demasiados años asesinando neuronas, viviendo entre “lo que está pasando” y “lo que ellos creen que está pasando”, y la culpa que experimentamos para con hígado, estómago, corazón y cabeza nos ha llevado a inventar nuevas normas, trucos para engañar a la muerte y el olvido.

Nuestras lozanas vidas marchitas todavía merecen varios brindis.

Artista del dia: Nacho Goberna

3 comentarios:

Anónimo dijo...

"...y,sin embargo ,en medio de esta lenta ,permanente y suave catástrofe,no deja de asombrarnos una sola cosa: la juventud no nos abandona del todo." Adam Zagajewski
EN LA BELLEZA AJENA pág.195

soledad - ley de atraccion dijo...
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Vencido dijo...

¿Sabes? yo creo que la señal más clara de envejecimiento es el miedo. Cuanto más mayor me hago, más me acojona el porvenir, quizá porque sé que las cosas pueden salir muy mal.