14 julio 2011

Ay, qué pesado



La papada, en inglés, se denomina “double chin”. Literalmente, “doble barbilla”. No es una denominación amable, como tampoco lo son buche, sotabarba, barbada o papo. Aparte de ser un apellido griego, el diccionario define dicho apéndice como “abultamiento carnoso anormal que se forma debajo de la barbilla” o “pliegue que forma la piel en el borde inferior del cuello de ciertos animales, como el toro, y se extiende hasta el pecho: la papada de un toro”. Pero yo les diré lo que es: una pesadilla para los que, cuando llega el verano, quieren convertir la grasa en músculo y el vino en agua. Frente al espejo, al bajar la cabeza y acercar el mentón al cuello esa papada parece un monstruoso babero de carne hinchada. De perfil la cosa no parece tan grave, una pajarita sin vuelo, una bufanda de solomillo, un anexo que el tiempo le ha puesto a nuestro rostro, nada más. Desde hace unos días todos los gimnasios de mi ciudad están atestados. A uno, ya más sedentario que nómada, le produce mucho pudor el hecho de entrar en esos templos de culto al cuerpo para perder peso o ponerse en forma. Allí la gente se mira al espejo mientras hace pesas, o mejor, después de hacerlas. Y el espejo les devuelve la mirada. A veces todos se guiñan el ojo al mismo tiempo, con lo que están medio ciegos y ven medio pecho, un dorsal, media vida, cuarto y mitad de realidad. Cuando posan y hacen posturitas en un gimnasio es como si el alma les estuviese haciendo fotos. En el Juicio Final será una de las cosas que pesen a favor del infierno. El cuerpo nos habla, pero a menudo es como esos gritos que creemos oír y que provienen de otra habitación. Preguntamos y resulta que nadie ha abierto la boca. Sonidos que transitan los pasillos, que rebotan de pared a pared en los entresuelos de nuestra cabeza, el estornudo de un fantasma, que nos inquieta y sobresalta. Pero a veces habla por nosotros cuando decimos “quiero un vientre liso” o “tengo que hacer deporte” o “mil abdominales al día antes de que lleguen las vacaciones”. Entonces ponemos nuestra mejor sonrisa, despejamos la ecuación del peso ideal, con sus muchas incógnitas y variables, y hacemos propósito de enmienda: no me gusto y nunca voy a gustarme, pero dentro de unas semanas alguien se acercará a mí y me dirá que me encuentra cambiado, que parezco otro, una persona que se ha desecho a sí misma para luego rehacerse. Y con aquella papada bien podría coserse ahora un monedero, o una agenda. La piel auténtica de un animal que ha muerto en el intento de cambiar la naturaleza de las cosas.

4 comentarios:

observer dijo...

Llego aquí desde twitter, como viejo fan de Jesús Malsonando... Me ha hecho gracia el post, esa escisión entre "yo" y "mi cuerpo" es muy Acuarela. Soy de los que cree que el cuerpo está tan presente en la música que escuchamos y los libros que leemos como en el gimnasio. En fín, pensamientos de ateo... Un saludo y gracias por el trabajo de todos estos años!!!

Acuarela dijo...

Muchas gracias, Observer! Muy honrado y agradecido de verdad... Hace ya casi 20 años de Malsonando... qué tiempos...

Anita dijo...

Me encanta

Acuarela dijo...

Gracias, baterista!