02 septiembre 2008

Silver Jews: Berman sin "g".



Mi primer encuentro con David Berman fue, creo, hacia 1996, justo después de que publicase “Natural Bridge”. Nos comenzamos a escribir. Yo le mandaba poemas en castellano, que él traducía sin tener ni idea de nuestro idioma. Es decir, los interpretaba. Luego me los enviaba por carta, y yo hacía lo mismo (aunque con la ventaja de que mi inglés era mejor que su español). Los resultados eran bastante curiosos. Se trata de un tipo muy creativo y ocurrente. Luego, dos años después, vino a Madrid para hacer promoción de “American Water”. Quedamos en vernos, pero un asunto familiar frustró una cita muy esperada por ambos. Esa misma noche David se adentró por las calles de la capital y se metió en problemas. Sin saber ni como ni porqué se vio rodeado por unos chavales que le golpeaban la cabeza, y terminó con un tímpano dañado y la mente en blanco. Apenas recuerda cómo salió de aquello. Sin seguro médico, y de vuelta a los USA, recurrió a un amigo más pudiente que él y digamos que se recuperó, aunque desde entonces su oído derecho no ha sido el que era. Siempre recuerdo todo esto cada vez que me enfrento a un nuevo disco de Silver Jews. Y no puedo ignorar lo buenos que son los poemas de su único libro hasta la fecha, “Actual Air”. Ni que le considero a la altura de Will Oldham y un peldaño por encima de Bill Callahan dentro de los compositores norteamericanos de los últimos 20 años. Y si cabe alguna duda, “Lookout Mountain, Lookout Sea” es su mejor disco. Un disco en el que “Suffering Jukebox” y “Open Field” brillan con luz propia, recordándome que es uno de pocos poetas-músicos actuales con voz propia (si, entre Calvin y Johnny… ¿Y qué?), con discos propios, con estilo propio, como si Bob Dylan nunca hubiese tenido aquel accidente de moto, y aún así siguiera evitando convertirse en la voz de una generación, de la generación que sea, la voz de su amo o de sus sirvientes. O, como suele ser costumbre, la voz de ambos al mismo tiempo.

Aquí un poeta