08 enero 2009

Romanticismo


No por frustrante resulta menos divertida. La escena podría explicarse así: una pareja de novios o una pareja a secas con edad de copular, sale del cine. De una de esas películas, digamos, “de besos”. Él se sentó en la butaca a regañadientes. Durante la proyección soltó algunos bufidos. Y al terminar la sesión suspira aliviado. Dentro de unos minutos discutirán, y la disputa llegará a su clímax cuando ella le diga que si no le ha gustado la película es que no es nada romántico. Poco importa que le haya dedicado algún poema copiado de Neruda o Vallejo. O que le haya grabado una cinta con canciones especialmente significativas para él, con títulos que tocan las teclas adecuadas y preciosos estribillos agridulces. Si no le ha gustado la comedia romántica de la temporada es que no merece sus besos. Y por supuesto, de momento no va a poder mostrarle un cariño verdadero de cintura para abajo. Hay que llorar hasta con “El último mohicano”, con una de Richard Gere o de Sandra Bullock. O al menos, hacer como que te emocionas, poniendo cara de haberte comido una almendra amarga. Tuve una novia que hasta me reprochó el haber bostezado mientras veíamos uno de los peores filmes de la historia: “Cocktail”.

El romanticismo se ha devaluado tanto que ya no hay que escribir sonetos, visitar cementerios o vestir a lo Lord Byron. Ahora tienes que perder la memoria cada vez que anuncian un nuevo estreno sobre una pareja que comienza queriéndose, luego se odia y finalmente se ama hasta la eternidad. Decía Nabokov que quienes denuncian lo sentimental desconocen, por lo general, ese sentimiento. No sé si puede decirse lo mismo de esa vertiente “populista” de toda una tendencia artística y literaria, tan llena de aristas, lírica y épica. El caso es que cuando era adolescente yo sentía una gran aflicción por no poder sintonizar fácilmente con las sensaciones de mis eventuales novias. Me angustiaba vivir en un mundo paralelo en el que lo que a mí me conmovía (ciertas canciones, ciertos libros, la destreza escénica que el sexo alienta...) no las conmovía a ellas y al revés. Aquello dolía tanto como la ausencia de Dios o los exámenes de septiembre. Ahora echo de menos cuando tenía razones para estar triste. Bien pensado, echar eso de menos es también estar triste, al igual que esos robots que sufren por no poder ser más humanos, ignorando que el hecho de querer serlo y sufrir por ello es lo que les acerca a los seres de carne y hueso. Y lo que me gustaría, al cumplir 36 años es que algo me diese la vuelta como un reloj de arena, y volver a ser aquel joven que se hacía el muerto tantas veces estando siempre tan vivo.

Artista del día: Tindersticks

4 comentarios:

jose.antonio.vázquez dijo...

excelente texto. Me ha gustado mucho, especialmente el desenlace

ps: la verificación no me pide el apellido de Kobe de milagro

Manuel Márquez dijo...

La leche, compa Jesús, casi haces que se me salte una lagrimilla con el "cierre" de tu texto; magnífico, por otra parte, todo hay que decirlo.

Feliz año, buen fin de semana y un abrazo.

Anónimo dijo...

Estupendo!

Anónimo dijo...

Impresionante