20 julio 2010

El chip prodigioso



Los padres de una niña británica de 11 años van a implantarle un microchip en un brazo para detectar sus movimientos en caso de que sea secuestrada. Aquel enviará una señal a un ordenador a través de una red de telefonía móvil, lo que permitirá localizarla en un mapa electrónico. Producto de la histeria colectiva o no, nadie puede negar que las posibilidades del invento son muchas y variadas. Más de una vez, tras conocer a alguien de quien podría haberme enamorado, he soñado que lograba introducir un artilugio minúsculo debajo de su piel para así controlar su vida. Casi siempre me he despertado sudando, palpándome las manos, el cuello, las piernas, y comprobando que la persona que había a mi lado no me había practicado aquello que yo tramaba en las brumas de mi cabeza.

Todos nos hemos preguntado qué estarán haciendo ahora nuestros viejos compañeros de colegio o de instituto, qué habrá sido de ellos y si viven o malviven. Pero en España no son tan habituales como en los USA las nostálgicas reuniones de la clase del 79, el 84 o el 87, en las que los triunfadores y los perdedores comparten unas copas, confeti y palmaditas en la espalda. Si le hubiésemos implantado un microchip a aquella chica que nos dejó... ¿tendría ahora los mismos michelines, dos divorcios y los dedos amarillos de nicotina? Ese amigo al que traicionamos en la fiesta de fin de curso... ¿habría sido más feliz de no haber roto todos los lazos contigo al terminar COU?

Quizá no hay necesidad siquiera de entablar contacto, y nos baste con comprobar que los que han sido “nuestros” no han desaparecido del mapa y se mueven en una pantalla como insectos a su libre albedrío observados por un Dios que no interviene. Es una debilidad muy humana el querer ver a los demás sin que éstos se enteren, incluso leer sus mentes y conocer sus deseos. ¿Qué padre no ha querido tener una cámara oculta con la que espiar lo que hacen sus hijos en el recreo, el parque, los baños de la discoteca? Sin duda se llevarían decepciones de toda índole. No siempre es bueno saberlo todo sobre el otro. A veces ni siquiera la mitad.

Me muero por conocerte, saber qué es lo que piensas...”, dice ingenuamente Alex Ubago en la balada del verano de hace más de una década, y lo que ignora es que eso es precisamente lo que suele pasar: el conocer enteramente a la persona amada puede ser el principio del fin o el final del principio: la misma muerte. Por eso algunos anhelan portar en su interior un chip prodigioso que pueda dar señales equivocadas a voluntad, o esconder toda emoción cuando sea preciso. El agua es siempre transparente y muchos somos una mezcla de whiskey con orujo.

Artista del dia: Ryan Driver

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