06 mayo 2012

El Turista, trailer sin película


Veinte años viviendo en Madrid sin ser de aquí ayudan a acotar filias y fobias, pero uno nunca está preparado para convertirse en foráneo, una especie de coprotagonista de “madrileños por el mundo… de Madrid”. El dicho y el hecho de "dale una limosna, mujer, que no hay nada más triste que ser ciego en Granada" se ve superado por la tristeza de disfrazarse de turista en la capital.

No tiene uno vocación de Larra de bolsillo, y lo que menos le duele es la cartera ya abierta en canal. Pasear por Cuchilleros, por las Cavas, por los aledaños de la Plaza Mayor o el Mercado de San Miguel puede ser más caro que hacerlo por otras muchas calles de Madrid, pero la sensación de vacío y desazón es más intangible que contante y/o sonante.

He procurado evitar este parque temático del gato por liebre. No sé si ser turista aquí es peor que serlo en Barcelona o Santiago de Compostela o en Sevilla, pero lo que sí sé es que en Madrid me siento estafado en cada esquina con camareros vociferantes, tapas decimonónicas y fotos de menús que llevan estampada la frase “¿un chupito de la casa, señor”?

Visto lo visto en pasarelas semejantes en Roma o en Lisboa, Madrid ya pertenece a esa estirpe de ciudades en las que es muy recomendable conocer a alguien antes de adentrarse en sus típicos lugares. ¿Ha sido siempre así? Lo ignoro. Conozco mesas sobresalientes, cocinas beneméritas, platos de toma pan y moja.

Sé de lugares (no tan recónditos) que merecen la pena, pero pertenecen a una guía alternativa no publicada. Tengo la sensación de que con el paso de los años se le han ido arrancando páginas, borrando pies de foto, eliminando la letra pequeña, mientras aumentaba el precio a pagar por todo lo que sabe a nada y a nadería con guarnición.

Dicho esto, hoy he comido estupendamente en el restaurante más antiguo del mundo (fundado en 1725, y así referenciado por el Libro Guinness de los Records). Su tarta de queso con chocolate blanco es notable, así como el cochinillo y el revuelto de morcilla. La sangría es un caso aparte. Hay no menos de 10 restaurantes chinos en los que sabe mucho mejor y se nota que la fruta existe. Y no cuesta 14 euros.

Es una de las cosas que tiene Madrid. Uno puede sentirse alegre y triste al mismo tiempo. Estafado y satisfecho mientras camina hacia barrios más amables en los que los camareros te conocen, te tutean pero no demasiado, y cuando quieres convertirte en comensal no tienes que imitar a ese príncipe guerrero de la mitología oriental, de rostro tan dulce que debía llevar una máscara horrenda para arrastrar a sus tropas al combate y a la postrera muerte.

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