05 enero 2009

Y unos me llaman chaval y otros me dicen "caballero".



No falla. Estoy en una tienda de ropa, de zapatos o de prendas deportivas. Tras unos segundos echándole un vistazo a estanterías y perchas, y justo cuando casi logro reunir la fuerza necesaria para comprar algo, se me aproxima un post-adolescente que, sonrisa en boca, pregunta si necesito consejo. Opción dos: “¿puedo ayudar en algo al señor?” La sonrisa aquí es más estúpida e impersonal si cabe. Exultante e insultante. El trajeado mancebo es mucho, muchísimo más joven que yo y me llama de “usted”, mientras calibra mi perfil de consumidor, de persona que quiere cambiar de look sin que se note demasiado. Como soy de raza masculina, dan por hecho que no tengo ni idea de ropa, y que necesito que me asesoren. Pero antes de que todo eso suceda, y ante el primer acercamiento gestual, ya estoy en la calle, con mis billetes en el bolsillo y mi viejo jersey de leproso social. He aprendido a no darle una oportunidad a la paz interior del capitalismo. A esa cara amable que busca la tarjeta de crédito y a veces tiene que conformarse con la de débito.

Creo que no soy el único que tiene alergia a hablar con desconocidos, por muy desconocidos que sean. En más de una ocasión he ido en taxi –tras el saludo de rigor y unas mínimas indicaciones sobre mi destino- escuchando mi iPod, y tan solo después de recorrer un largo trecho me doy cuenta de que el taxista lleva minutos hablándome. Por lo visto no espera respuesta alguna. Y los temas del monólogo son los clásicos: los fichajes del Real Madrid, lo mucho que se parecen 50 euros a 5.000 pesetas, el tiempo (malo), las obras (peor), los rumores sobre la vida sexual del alcalde (inclasificables)... Y mientras bajo el volumen de los auriculares comienzo la retahíla de “ajá”, “sí, claro”, “mmmm”, “desde luego”, que sazonan la carrera hasta llegar al destino. Pero más allá de un taxista o un dependiente, superando incluso al camarero que habla más y más allá de la cuenta, o de la gente que intenta confraternizar en la cola del metro o del paro, hay una situación todavía más incómoda. Aquellos que en un viaje de autobús, tren o avión, pretenden pasar el rato sincerándose con un completo extraño.

De entrada, me parece tristísimo hablar con alguien que (con un 99% de posibilidades, porque como dice Diego –Yturriaga- “el Migala”: “el pañuelo es un mundo”) jamás vas a volver a encontrarte y que dejará en ti lo que la mejor escritura sobre el agua. Los guiños son parecidos a los de un ligue de discoteca: ¿viajas mucho? ¿de donde eres? ¿a qué te dedicas? Aunque también hay quien entra con la espada directamente y te cuenta su vida sin tapujos y a pleno pulmón. ¡Y espera que tú hagas lo mismo! Más de una vez me he hecho pasar por extranjero, y más de una vez también me ha salido el tiro por la culata: el español siente un deseo natural de hacer que el de fuera (sobre todo si es blanco) se sienta bien recibido. Al final resulta que habrá que llevar una camiseta en la que ponga “por favor, háblenme solo si es estrictamente necesario”. Y aún así siempre habrá un taxista, un dependiente, un compañero de asiento que te pregunte por su significado, su origen, sus segundas intenciones... Con todos mis respetos: mamá, quiero ser autista.

Artista del día: Robert Hampson

2 comentarios:

J. dEER dijo...

Toma tu regalo para que te relajes:
http://es.youtube.com/watch?v=Y18jIMMNoHA

ursulo dijo...

jajajajajaja

Di que si, no se puede decir tan exactamente claro.
Ahora mismo tengo que coger un tren y miedo me da.

Hacemos esas camisetas?
Yo quiero uno de cada color.

Ademas así arreglamos también tus necesidades de ropa nueva.

jejejeje

Un abrazo.