25 marzo 2009

Fondo de armario


Suele suceder al final de un viaje y justo antes de regresar al mundo real, es decir, a nuestra cuestión de vida o muerte cotidiana. Mientras hacemos la maleta se juntan en los mismos bolsillos y compartimentos lo viejo y lo nuevo, o mejor dicho, lo nuevo y lo usado. Durante el trayecto y sus sucesivas paradas en pensiones, habitaciones de amigos o conocidos, centros comerciales de provincias y supermercados hemos adquirido objetos que han comenzado a ser parte de nuestras vidas. Esos objetos pugnan ahora por sustituir a los que antes nos vestían, perfumaban o nos daban forma de animal humano. Siempre llega el momento en el que hay que elegir: ¿intentamos meterlo todo, lo de antes y lo de ahora en la bolsa con el riesgo de que nos explote en las manos al subirla al autobús? ¿Hacemos una selección y nos quedamos con lo que más nos convenga? ¿Abandonamos a su suerte la ropa usada, los libros ya leídos, los diarios llenos de promesas a chicas de las que ya ni nos acordamos? ¿Y si dejamos atrás nuestra vieja piel, nuestros viejos deseos, nuestro viejo yo con sus calcetines sucios, sus camisetas sudadas, sus novelas llenas de tachones y subrayados?

La decisión nunca es fácil y se parece a la que se nos presenta en la conciencia cada vez que cumplimos años, o cuando llega el 1 de enero: cargar con el peso del pasado y del futuro en un presente incierto o deshacernos del ayer pensando exclusivamente en el mañana. No pocas veces al llegar a casa nos arrepentimos de estar metiendo en el armario esas chaquetas con las coderas gastadas, los vaqueros con sus dobladillos rotos, los zapatos con muescas y rozaduras. Nos decimos: he aquí el que tiene miedo a cambiar y prefiere acarrear kilos y kilos de sí mismo antes que arriesgarse a perder un poco de peso en su alma de más de treinta años. Pocos placeres mayores que el renovarnos por dentro y por fuera a sabiendas de que no hay otro camino posible. Cuando no hay nada que perder la brisa acaricia tus mejillas mientras corres para encontrarte a ti mismo, una versión menos encorsetada, más sobria, con una sonrisa viva y lengua de carnaval.

Cuando puedes perderlo todo al menos hay que intentar guardarse el recibo que te dan en la casa de empeños cuando dejas allí tu mejor reloj, tu único reloj. Es posible que al regresar no quede nada, pero quién te dice que no hayas intentado vivir los mejores años de tu vida sin las alforjas que te habían convertido en una película que se estrena directamente en televisión, cuando tú querías ser tu propio Oscar, tu propia saga, tu obra maestra que contente a crítica y público por igual. Y quién se atreve a afirmar lo contrario.

Artista del día: Xiu Xiu

4 comentarios:

Manuel Márquez dijo...

Hermosísimo texto, compa Jesús, y terribles las disquisiciones que en el mismo te/nos planteas: ¿quién no se ve azotado, en más o menos momentos, por tamañas dudas, por tales desgarros? Y no es fácil resolver, tomes la determinación que tomes, nunca tienes claro si es la adecuada, la correcta o, simplemente, la que con más denuedo deseabas. Pero así es, así funciona, me temo...

Un abrazo y buena semana.

Juan dijo...

Perdona por las confianzas Jesús, pero... eso de meterse en una hipoteca le aturde a uno en lo profundo, verdad? :)

Jesús Llorente dijo...

Una hipoteca que quita el hipo, me temo!

Últimamente estoy de un tono existencialista que asusta. A ver si incorporo un poco el humor.

gracias a los dos!

Juan dijo...

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BUH!
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(mejor?)