14 marzo 2009

Se vende


En la Gran Vía madrileña hay un señor que llama la atención de los transeúntes que tienen tiempo para desviar la mirada del suelo o los escaparates. No es un mendigo cualquiera. En realidad ni siquiera es un mendigo. Tampoco es un limpiabotas, ni vende falsificaciones de marca. Pero ofrece algo que el prójimo ignora necesitar: poemas. “Se venden poemas”, ha dibujado torpemente en una cartulina. Si uno se fija con atención, el poeta callejero no deja de anotar sus pensamientos ni un instante, versos que parecen surgir de una mente hiperactiva, la escritura automática o el puro desvarío. Línea a línea va llenando folios sacados del galeón de “Por cien cañones por banda...”.

Es paradójico que hoy día se ponga a la venta (eso sí, a cambio de “la voluntad”) algo tan etéreo como la poesía. Desde luego yo no tengo clara la correlación de oferta y demanda que en esta lírica lonja. Quizá sus versos sean tan infames como aparentan: burdas rimas de “amor” con “dolor” o de “jamón” con “corazón”, sentimentalismo de garrafón, ripios sacados de un manual de bachillerato. Pero lo que asombra del fenómeno es la fe con la que el buen hombre levanta la vista para comprobar si alguien muestra el más mínimo interés. Me pregunto qué comerá, cómo vivirá, de qué forma pretende morir. Desde luego, nunca he visto que nadie se pare para descifrar todos esos garabatos. Ninguna pareja, ninguna chica guapa con un concepto equivocado del romanticismo, ni una sola señora con traje de una pieza y demasiado tiempo libre. Una vez estuve haciendo como que leía el periódico a unos diez metros, y ni un alma tuvo la curiosidad de saber a cuanto está el kilo de poema.

En una de las viñetas de un reciente New Yorker un padre le decía a su esposa mientras observaban como su hijo hacía equilibrios en un balancín: “por lo visto su amigo imaginario tiene más o menos el mismo tamaño y peso que él”. Para muchos, ese amigo invisible que es la poesía pesa tanto que no saben qué hacer con sus rimas asonantes y sus metáforas carnosas. Hay quien manda sus manuscritos a editoriales ignotas en cartas con acuse de recibo. O a críticos y antólogos junto a una dedicatoria ilegible. O quien guarda sus haikus en una libreta azul deseando en secreto que alguien revuelva sus papeles. Otros tan solo pretenden conseguir un poco de sexo a cambio. Y un poema es su forma de decir “te quiero... por esta noche”.

Y aquí tenemos al poeta más urbano de todos, al verdadero poeta de la experiencia, que cadenciosamente repite “mejor escribir que robar”, y se planta en la Gran Vía con sus sueños rotos y su cara picada.

Artista del día: Insides

4 comentarios:

Juan dijo...

Quizá le llegue la gloria post mortem, como a su homónimo salmantino: http://www.elmundo.es/elmundo/2009/02/04/castillayleon/1233747458.html

picolandia dijo...

Bueno, de todas formas ese hombre tiene una mala leche que para qué...No pocas veces le he visto insultando a la gente porque no se paraba o no le devolvía respuesta a "regalo mi poesía" (así dice aunque, es verdad, la vende).

Jesús Llorente dijo...

Si es que la poesía no está reñida con la mala leche... A veces leyendo un libro se ha cortado la leche caliente de mi desayuno.

Juan dijo...

Además, todo el mundo sabe que la leche mala es como el mal carácter: agria.