09 marzo 2009

Miseria


Suele decirse de alguien muy pudiente que es tan pobre que solo tiene dinero. Pero, lejos de frases tan recurrentes como “le quiero por su interior” o “es tan guapo por dentro como por fuera”, la realidad es tan cruda como el sushi y tan amarga como una de esas almendras que nos llenan la boca de un sabor a mil demonios: sin una cartera medianamente repleta el romanticismo se va a paseo y la bohemia se convierte en un cristal muy caro. ¡Ah, el amor! Recuerdo no poder dormirme por miedo a que X. se asfixiase con el olor de la pintura baratísima con la que habíamos tapado los desconchones de las paredes. Recuerdo las miles de quinielas que rellenamos imaginando que con un premio, por menor que fuese, íbamos a comprar cosas que nos parecían imposibles: un buen pescado, carne de primera, frutas exóticas. Y que volveríamos del mercado en taxi y sin tener que castigarnos la espalda. Recuerdo tener que vender mis discos en tiendas de segunda mano para poder llegar a fin de mes. Y mirar continuamente el contador de la electricidad cada vez que encendíamos la estufa o el calentador de agua. Recuerdo excursiones por tiendas de “Todo a 100 y más”. Recuerdo pasta recalentada, bolsas de te que duraban desayuno y merienda, cortes de luz, duchas de medio minuto, vino de mesa que bebíamos como enólogos consumados. De tanto rebañar los platos quedaban como los chorros del oro. No tirábamos ni las migas del pan. Con un culín de aceite se aliñaba una ensalada tan mixta que solo tenía tomate y ketchup.

Pero también recuerdo un puñado de buenos momentos. Como un viaje juntos a Portugal en el que nos comimos un pollo entero en un restaurante que encontramos en medio de un bosque, por pura casualidad. O nuestros paseos por la playa (por playas muy diferentes de todo el mundo) de la mano, comiendo un helado o cogiendo patatas fritas de un paquete transparente. O los platos de pasta que cocinábamos al volver a casa a las cuatro de la mañana con unas copas de más. Ahora que lo pienso todos esos buenos momentos tienen algo que ver con la comida. El nuestro fue, en gran medida, un amor gastronómico. Éramos felices al cocinar, al comer juntos lo poco o lo mucho que tuviésemos, al cenar fuera o almorzar dentro. Felices con las sopas de puerro y con los calzone, con la tarta de queso o las sardinas asadas, con el pan con aceite y azúcar y la manteca colorá. Desayunando, almorzando o merendando nos mirábamos con ternura, a dos carrillos, con las mejillas encendidas, salivando. Con el paso de los meses, mientras el amor se ponía a régimen nuestro peso aumentaría unos kilos.

Cualquiera que haya vivido una pasión con cierta intensidad sabe que simultáneamente tiene que ir aprendiendo a conformarse con mucho menos. Pero lo que jamás cambió fue la falta de recursos, el paro, el pensar continuamente que había cosas que no nos podíamos permitir, un vodka llamado Kolokoff y el licor de manzana “Aladino”, bocadillos de calamares y los anuncios por palabras. Los ricos no lloran, pero las lágrimas de un veinteañero siempre han valido bien poco. Y ahora, mientras firmo mi primera hipoteca me pregunto donde estará X y donde estará aquel chico que soñaba con billetes de diez mil.

Artista del día: Superchunk

5 comentarios:

Juan dijo...

No había probado la tostada de aceíte con azúcar hasta hoy. Sabe a rock and roll.

Juan dijo...

No había probado la tostada de aceíte con azúcar hasta hoy. Sabe a rock and roll. Es curioso.

Jesús Llorente dijo...

Jajajajajaja... Espero que no hayas puesto aceite de girasol...

Muy bueno, muy bueno.

El hombre de las cavernas dijo...

Con qué poco nos conformamos, y cuanto cuesta conseguirlo en este mundo. Me canso de luchar, pero al momento siguiente me vuelven las ganas, ¿supervivencia? ¿veinteañero? Como bien dices, hay que sobreponer nuestros mejores trabajos y momentos a los malos.

Salud!

Juan dijo...

Lo has acertado. AC/DG para ser más exactos...