17 agosto 2010

Tener estómago



Mi abuelo solía decir que en sus tiempos la gente ingería comida y cagaba mierda, mientras que los jóvenes de ahora comen mierda y defecan también mierda. Mi abuelo era un hombre directo que siempre le sacaba punta a las contradicciones de la modernidad, pero regentaba un bar, así que estaba, por así decirlo, en primera línea de batalla. Esto viene a cuento para que no pase desapercibida la nueva edición de “Fast Food”, un magnífico libro-ensayo de Eric Schlosser sobre la comida basura. Sin caer en los tópicos del vegetarianismo –y sus habituales aires de superioridad moral- Schlosser disecciona la industria cárnica y sus influencias en la dieta del primer mundo. El resultado es un apasionado análisis sobre el alimento que se le da al ganado, el hacinamiento de las reses en los establos, las escasas condiciones sanitarias de los mataderos, la velocidad de las cadenas de producción y como todo ello influye en muchas enfermedades de nuevo cuño.

Resulta inquietante su acercamiento a la “ciencia” de la creación de los sabores, donde nos explica que la mayoría de los productos que encontramos en el supermercado son como un lienzo en blanco al que se le aplicó una sustancia química (casi todas ellas con nombres que suenan a dioses de ciencia ficción) para darle el sabor deseado. También estudia detenidamente el impacto de las franquicias en la economía mundial, la influencia de los restaurantes de comida rápida en el diseño urbanístico de las ciudades y como los creadores de McDonalds, Burger Kina o Wendy’s fueron, paradójicamente, auténticos emprendedores sin demasiados conocimientos de marketing ni finanzas, hombres con una idea muy clara del sueño americano, que luego se vieron envueltos en un sistema que asimiló sus ideas positivas y potenció las negativas.

Shlosser no es un demagogo de izquierdas ni un Michael Moore menos exhibicionista, y su “Fast Food” resulta de una moderación aplastante. Para él los ejecutivos que dirigen la industria de la comida rápida no son malas personas, sino simples hombres de negocios: venderán hamburguesas orgánicas elaboradas con ganado criado en libertad y alimentado con pasto si se lo exigen los consumidores. Pero se pregunta constantemente por qué, si uno no comería agua sucia ni bebería agua sucia, seguimos pensando que podemos dársela a los animales. Si alguien quiere pasarse el verano leyendo un libro entretenido y juicioso en el que se nos cuenta, entre otras cosas, el motivo por el que las patatas fritas saben tan bien, “Fast Food” es una magnífica elección que dará que pensar y puede cambiar más de un hábito insano.

Artista del dia: Directorsound

2 comentarios:

Enrique Ortiz dijo...

Apuntado queda; no sé por qué es un tema que me fascina. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Me a encantado este post,felicidades